Si mi niñ@ interior hablase…

Todos llevamos dentro el niño que alguna vez fuimos con sus ilusiones, deseos, aptitudes… Y también sus heridas. ¿Cómo recuperarlo y sanarlo?.

De niños, algunos hemos sufrido carencias, hemos tenido cuestiones que los adultos que nos rodeaban no pudieron satisfacer o que consideraron que debían ser relegadas para conseguir una mejor educación.

¿CÓMO PODEMOS RECUPERAR NUESTRO NIÑO INTERIOR?

Estas necesidades todavía laten dentro de nosotros y buscan ser satisfechas. Por ello, si no nos detenemos a escuchar qué nos dice y qué necesita nuestro Niño Interior, nos encontraremos a menudo, una y otra vez, en la misma situación, sin saber qué es lo que buscamos en ellas.

Con un agravante: como esas necesidades son, por fuerza, “infantiles”, muchas veces son inaceptables para nuestra parte adulta, que nos dice “Tú no deberías sentir esto” o “Tú no deberías querer aquello”.

Pero la realidad es que sentimos y queremos esas cosas y, por eso, intentamos satisfacerlas por caminos indirectos, rebuscados y, con frecuencia, tortuosos.

Muchos autores han escrito y trabajado sobre la idea de nuestro Niño Interior, como por ejemplo John Bradshaw o Alice Miller. Más allá de algunas divergencias entre ellos, todos coinciden en que desoír y desatender este aspecto tiene consecuencias muy severas para nuestras vidas.

Porque nuestro Niño Interior posee todas las características que cada uno de nosotros tenía de pequeño: nuestros gustos, nuestras ilusiones, nuestras aptitudes… pero también nuestras carencias y necesidades.

EL GUARDIÁN DE NUESTRAS ILUSIONES

En el Niño Interior reside toda nuestra autenticidad y espontaneidad; nuestras ilusiones y nuestros deseos más profundos yacen en él resguardados de todos los mandatos que hemos interiorizado y de todas las renuncias que hemos hecho para “adaptarnos” o para “encajar”.

Por eso, cuando nos desconectamos del Niño, muchas veces nos quedamos sin motivación, inhibidos, sin saber cómo continuar: hemos cortado lo más vital de nuestro ser, la parte que pugna por crecer y descubrir.

Podemos también quedar atrapados por la timidez o la falsedad, dos modos de ocultar lo que verdaderamente somos.

Si hemos enterrado a nuestro Niño en un lugar demasiado profundo, la vida comenzará a parecernos anodina, pues es el Niño quien posee la capacidad de asombro, es él quien puede maravillarse frente a las cosas más sencillas y encontrar el valor que la vida tiene por sí misma sin ni tan siquiera preguntarse por ello.

REPITIENDO VIEJOS PATRONES

A menudo nos avergonzamos de este aspecto de nosotros mismos, de la vulnerabilidad, de la dependencia, de la ingenuidad… Y entonces, ¡qué ironía!, hacemos con el Niño lo mismo que hicieron los adultos con nosotros cuando éramos pequeños: ignoramos sus necesidades. Le decimos: “¡Crece ya de una vez!”, “¡No estás ya para andar con estas niñerías!”.

Si, de niños, fuimos criticados, nos criticamos también.

Si fuimos maltratados, nos maltratamos.

Si fuimos abandonados, nos abandonamos

Si fuimos relegados, nos relegamos…

Tratamos a nuestro Niño Interior del mismo modo que otros le trataron, y que nosotros cuestionamos tanto.

Y por si esto fuera poco, que no lo es, al cabo de poco tiempo comenzamos a tratar del mismo modo a los demás, y así los criticamos, los maltratamos, los abandonamos o los relegamos.

Entretanto, cada vez más aterrorizado, el Niño se va escondiendo en un lugar cada vez más profundo hasta que ya no podemos escucharlo y nos olvidamos de que existe e incluso de que alguna vez existió.

APRENDER A ESCUCHARNOS

Si queremos llevar vidas íntegras, en las que exista la posibilidad de un desarrollo verdadero, deberemos llegar hasta nuestro Niño Interior y escuchar qué es lo que tiene para decirnos, y comprometernos en la tarea de sanar las heridas. “

«¿Y cómo se consigue esto?”, puede que os estéis preguntando. Lo cierto es que no hay recetas universales sino que cada uno tendrá que buscar su propio modo.

Pero puedo deciros que la mera intención de encontrar a nuestro Niño Interior ya nos acerca bastante a nuestro objetivo, pero podemos probar otros sistemas:

  • Hay quienes han comenzado a escuchar a su Niño Interior observando a otros niños, contemplando sus juegos y risas.
  • Hay quienes lo han descubierto volviendo a ver las fotografías de cuando eran pequeños o recorriendo las calles de su infancia.
  • Hay quienes se han encontrado con él volviendo a jugar a los juegos de entonces. En este sentido, dicen que el psicólogo suizo Carl Gustav Jung se pasó una semana construyendo un enorme castillo de barro en busca de la creatividad que necesitaba para terminar uno de sus libros
  • Hay quienes han podido encontrar las necesidades de su infancia preguntándose simplemente: “Si mi Niño Interior hablase, ¿qué me diría que le hace falta? ¿Qué le gustaría?”.

SANAR VIEJAS HERIDAS Y VOLVER A LA INOCENCIA

Sea cual sea la manera que utilicemos para comenzar a escuchar a nuestro Niño Interior, debemos prestar siempre mucha atención a sus heridas y asegurarle que lo escucharemos sin juzgarlo, intentando comprender qué es lo que realmente necesita.

Una vez hayamos identificado esas necesidades, debemos hacerle saber una cosa muy importante: solamente hay un adulto que puede darle al niño que fuimos aquello de lo que careció. Esa persona somos nosotros.

Nadie más que nosotros puede hacerlo.

Nadie podrá amarnos incondicionalmente

Nadie podrá aceptarnos absolutamente tal y como somos

Nadie podrá tener en cuenta todos nuestros deseos

Nadie podrá no relegarnos jamás

Nadie podrá estar con nosotros siempre

Ningún otro más que nosotros mismos puede hacerlo.

Solamente hay un adulto que puede darle al niño que fuimos aquello de lo que careció. Esa persona somos nosotros.

El adulto que hoy somos deberá ocuparse de darle al Niño que fuimos aquello que los adultos de entonces no supieron, no pudieron o no quisieron darnos.

Ni nuestros padres, ni nuestra pareja, ni ninguna otra persona puede reemplazarnos en esta tarea, que está pura y exclusivamente a nuestro cargo.

Puede que sea un trabajo arduo, que no esté exento de dolor o de angustia, pero la recompensa que obtendremos será grande, pues quizá descubramos que nuestra vida está de repente llena de vitalidad y de inocencia.

Tal vez nos sintamos entonces más libres y livianos, capaces de jugar y de divertirnos con nuestro cuerpo y con nuestro espíritu, y descubramos que una energía desconocida nos recorre. Sabremos, entonces, que llevamos de la mano al Niño.

Estas necesidades todavía laten dentro de nosotros y buscan ser satisfechas.

Heridas de infancia

No recibir suficiente cariño en la infancia provoca heridas abiertas toda la vida. Pero no podemos seguir esperando que nuestros padres acudan a sanarlas.

De niños, cuando aún no podemos valernos por nosotros mismos, dependemos, absolutamente, de nuestros padres. Necesitamos que nos amen, nos cuiden y nos sirvan de guía en el largo proceso de maduración hacia la vida adulta que suponen la infancia y la adolescencia. Cuando este acompañamiento es amoroso y está libre de violencias (agresiones físicas, chantajes, abandonos, etc.), la persona crece equilibrada y segura de sí misma.

Sin embargo, desgraciadamente, esta no es la realidad en la que se crían muchas niñas y niños.

UN VACÍO DIFÍCIL DE LLENAR Y UNA DISCULPA QUE NO LLEGARÁ

si no crecemos con un acompañamiento sano que cubra todas nuestras necesidades emocionales, arrastramos, de por vida, una profunda sensación de vacío. A veces este malestar resulta tan intenso que algunas personas llegan a sentir como si tuvieran un profundo hueco en su corazón. Esta es la manera que tiene el cuerpo de recordar la falta de amor que se ha sufrido durante la infancia.

Con frecuencia, las personas que arrastran estas carencias intentan colmar este vacío esperando que alguien acuda a su rescate y les brinde el amor que tanto necesitan.

Saltan de relación en relación y ninguna es satisfactoria. El malestar sigue presente. Se pasan la vida buscando que alguien externo venga a cubrir sus necesidades, como debió de haber sucedido en su infancia. Pero esta búsqueda solo conlleva sufrimiento y desesperación porque nadie logra llenar ese vacío.

También resulta habitual que las personas que en la infancia no recibieron el cariño de sus padres mantengan la ilusión de que estos, en algún momento, cambiarán y acabarán siendo los padres amorosos que nunca fueron. Incluso cuando buscan una terapia para trabajar su problema de vacío e insatisfacción, acuden con la esperanza de que, si ellos cambian, sus padres por fin les harán caso y les brindarán la atención que no tuvieron en su infancia.

Sin embargo, esta es una expectativa poco objetiva, basada más en un anhelo que en una posibilidad real. Este enganche emocional les mantiene dependientes de alguien externo y les aleja de su verdadera sanación.

Por desgracia, la mayoría de las personas que nos hicieron daño años atrás jamás cambiarán su forma de relacionarse con nosotros. Incluso si pretendemos hablar con ellos para explicarles cómo sufríamos de pequeños, ellos le restarán importancia a los hechos (o los negarán). La posibilidad de diálogo es escasa, excepto si han realizado un profundo cambio interior que les permita empatizar con sus hijos y reconocer los errores que cometieron.

Aquellos que, en el pasado, no fueron sensibles a las necesidades del niño, tampoco lo serán en el presente.

Asumir que nuestros mayores no van a cambiar supone, quizá, el paso más difícil para la sanación, ya que nos enfrenta al vacío de forma mucho más cruda. Sin embargo, resulta imprescindible atravesar el duelo por el pasado –por aquello que no pudo ser– para poder enfocarnos en nosotros, en nuestro presente. Desde ahí podremos proyectar un futuro más libre.

¿CÓMO REPARAR UNA INFANCIA INFELIZ?

Desengancharnos de los demás nos hará centrarnos en la única persona que sí puede ayudarnos a sanar: nosotros mismos.

Ya como adultos, en muchos casos con la ayuda de la terapia adecuada, podremos conectar con el pasado para sanarlo definitivamente. Nadie mejor que nosotros podrá empatizar con aquel niño y con los sentimientos que experimentó. De esta forma lograremos sacar a la luz toda la verdad.

Quizá de niños no tuvimos a nadie que nos protegiese y nos mirase a los ojos para preguntarnos cómo nos sentíamos. Ahora podemos ser nosotros mismos quienes nos ayudemos a expresar y a poner encima de la mesa los recuerdos negativos que tuvimos que reprimir. Poco a poco, este diálogo interior dará sus frutos y volveremos a conectar e integrar la cabeza con el corazón, la razón con los sentimientos.

Muchas civilizaciones antiguas usaban el laberinto clásico (con un único camino que lleva al centro siguiendo una espiral) como simbología del despertar interior. Las personas recorrían el laberinto de fuera hacia dentro, lugar en el que acontecía el ritual de transformación, para con posterioridad, al realizar el camino inverso, salir completamente renovadas. Debemos entrar en nuestro laberinto interior para salvar a aquel niño herido y poder, de este modo, construir un presente más equilibrado y libre.

1. POSICIÓNATE JUNTO A TU YO NIÑO

Quizá en tu infancia los adultos siempre restaron importancia a tus protestas o justificaban los castigos o los malos tratos diciéndote que te portabas mal y que no existía otra forma de corregirte. Sin embargo, ese niño/a siempre ha sabido que aquel trato era injusto y precisa, para sanar, que te pongas, de forma incondicional, a su lado.

No dudes de ti cuando recuerdes malas experiencias de tu infancia, no estás exagerando.

Piensa que tu niño/a se está comunicando contigo, mostrándote lo que urge sanar. Necesita que tú, como adulto, confíes en él/ella.

2. LIBERA LAS EMOCIONES REPRIMIDAS

La represión supone uno de los peores efectos de las violencias sufridas en la infancia. Las emociones que se guardaron en el pasado, por miedo o vergüenza, no desaparecen y, aunque no nos percatemos, nos siguen afectando en el presente.

Pregúntate cómo te sentías cuando te castigaban, te insultaban o te pegaban. Tal vez recuerdes miedo o tristeza, pero también frustración y rabia. Escribe el relato de esos recuerdos, detallando el abanico de emociones de cada momento. Llora o grita si necesitas hacerlo. Eso te librará de la represión y conectarás contigo de nuevo.

3. COMIENZA A ESCUCHARTE

Puede que, hasta ahora, hayas dado una gran importancia a las opiniones de los demás y a la hora de tomar decisiones te hayas dejado llevar por un criterio externo. Ha llegado el momento de empezar a conectar con tu interior y de escuchar qué es lo que realmente te gusta y qué deseas hacer.

Para conectar con tu intuición, te propongo un sencillo ejercicio: cada vez que te enfrentes al momento de tomar una decisión, cierra los ojos, inspira profundamente e imagina la situación. Presta atención a cuál es el primer impulso que te llega.

¿Qué decides? ¿Te apetece?