Heridas de infancia

No recibir suficiente cariño en la infancia provoca heridas abiertas toda la vida. Pero no podemos seguir esperando que nuestros padres acudan a sanarlas.

De niños, cuando aún no podemos valernos por nosotros mismos, dependemos, absolutamente, de nuestros padres. Necesitamos que nos amen, nos cuiden y nos sirvan de guía en el largo proceso de maduración hacia la vida adulta que suponen la infancia y la adolescencia. Cuando este acompañamiento es amoroso y está libre de violencias (agresiones físicas, chantajes, abandonos, etc.), la persona crece equilibrada y segura de sí misma.

Sin embargo, desgraciadamente, esta no es la realidad en la que se crían muchas niñas y niños.

UN VACÍO DIFÍCIL DE LLENAR Y UNA DISCULPA QUE NO LLEGARÁ

si no crecemos con un acompañamiento sano que cubra todas nuestras necesidades emocionales, arrastramos, de por vida, una profunda sensación de vacío. A veces este malestar resulta tan intenso que algunas personas llegan a sentir como si tuvieran un profundo hueco en su corazón. Esta es la manera que tiene el cuerpo de recordar la falta de amor que se ha sufrido durante la infancia.

Con frecuencia, las personas que arrastran estas carencias intentan colmar este vacío esperando que alguien acuda a su rescate y les brinde el amor que tanto necesitan.

Saltan de relación en relación y ninguna es satisfactoria. El malestar sigue presente. Se pasan la vida buscando que alguien externo venga a cubrir sus necesidades, como debió de haber sucedido en su infancia. Pero esta búsqueda solo conlleva sufrimiento y desesperación porque nadie logra llenar ese vacío.

También resulta habitual que las personas que en la infancia no recibieron el cariño de sus padres mantengan la ilusión de que estos, en algún momento, cambiarán y acabarán siendo los padres amorosos que nunca fueron. Incluso cuando buscan una terapia para trabajar su problema de vacío e insatisfacción, acuden con la esperanza de que, si ellos cambian, sus padres por fin les harán caso y les brindarán la atención que no tuvieron en su infancia.

Sin embargo, esta es una expectativa poco objetiva, basada más en un anhelo que en una posibilidad real. Este enganche emocional les mantiene dependientes de alguien externo y les aleja de su verdadera sanación.

Por desgracia, la mayoría de las personas que nos hicieron daño años atrás jamás cambiarán su forma de relacionarse con nosotros. Incluso si pretendemos hablar con ellos para explicarles cómo sufríamos de pequeños, ellos le restarán importancia a los hechos (o los negarán). La posibilidad de diálogo es escasa, excepto si han realizado un profundo cambio interior que les permita empatizar con sus hijos y reconocer los errores que cometieron.

Aquellos que, en el pasado, no fueron sensibles a las necesidades del niño, tampoco lo serán en el presente.

Asumir que nuestros mayores no van a cambiar supone, quizá, el paso más difícil para la sanación, ya que nos enfrenta al vacío de forma mucho más cruda. Sin embargo, resulta imprescindible atravesar el duelo por el pasado –por aquello que no pudo ser– para poder enfocarnos en nosotros, en nuestro presente. Desde ahí podremos proyectar un futuro más libre.

¿CÓMO REPARAR UNA INFANCIA INFELIZ?

Desengancharnos de los demás nos hará centrarnos en la única persona que sí puede ayudarnos a sanar: nosotros mismos.

Ya como adultos, en muchos casos con la ayuda de la terapia adecuada, podremos conectar con el pasado para sanarlo definitivamente. Nadie mejor que nosotros podrá empatizar con aquel niño y con los sentimientos que experimentó. De esta forma lograremos sacar a la luz toda la verdad.

Quizá de niños no tuvimos a nadie que nos protegiese y nos mirase a los ojos para preguntarnos cómo nos sentíamos. Ahora podemos ser nosotros mismos quienes nos ayudemos a expresar y a poner encima de la mesa los recuerdos negativos que tuvimos que reprimir. Poco a poco, este diálogo interior dará sus frutos y volveremos a conectar e integrar la cabeza con el corazón, la razón con los sentimientos.

Muchas civilizaciones antiguas usaban el laberinto clásico (con un único camino que lleva al centro siguiendo una espiral) como simbología del despertar interior. Las personas recorrían el laberinto de fuera hacia dentro, lugar en el que acontecía el ritual de transformación, para con posterioridad, al realizar el camino inverso, salir completamente renovadas. Debemos entrar en nuestro laberinto interior para salvar a aquel niño herido y poder, de este modo, construir un presente más equilibrado y libre.

1. POSICIÓNATE JUNTO A TU YO NIÑO

Quizá en tu infancia los adultos siempre restaron importancia a tus protestas o justificaban los castigos o los malos tratos diciéndote que te portabas mal y que no existía otra forma de corregirte. Sin embargo, ese niño/a siempre ha sabido que aquel trato era injusto y precisa, para sanar, que te pongas, de forma incondicional, a su lado.

No dudes de ti cuando recuerdes malas experiencias de tu infancia, no estás exagerando.

Piensa que tu niño/a se está comunicando contigo, mostrándote lo que urge sanar. Necesita que tú, como adulto, confíes en él/ella.

2. LIBERA LAS EMOCIONES REPRIMIDAS

La represión supone uno de los peores efectos de las violencias sufridas en la infancia. Las emociones que se guardaron en el pasado, por miedo o vergüenza, no desaparecen y, aunque no nos percatemos, nos siguen afectando en el presente.

Pregúntate cómo te sentías cuando te castigaban, te insultaban o te pegaban. Tal vez recuerdes miedo o tristeza, pero también frustración y rabia. Escribe el relato de esos recuerdos, detallando el abanico de emociones de cada momento. Llora o grita si necesitas hacerlo. Eso te librará de la represión y conectarás contigo de nuevo.

3. COMIENZA A ESCUCHARTE

Puede que, hasta ahora, hayas dado una gran importancia a las opiniones de los demás y a la hora de tomar decisiones te hayas dejado llevar por un criterio externo. Ha llegado el momento de empezar a conectar con tu interior y de escuchar qué es lo que realmente te gusta y qué deseas hacer.

Para conectar con tu intuición, te propongo un sencillo ejercicio: cada vez que te enfrentes al momento de tomar una decisión, cierra los ojos, inspira profundamente e imagina la situación. Presta atención a cuál es el primer impulso que te llega.

¿Qué decides? ¿Te apetece?

Sanando el vínculo materno

El vínculo afectivo madre-hijo durante la infancia, determina nuestra personalidad. Si esta unión fue deficiente siempre estamos a tiempo de sanar.

Desde nuestra concepción, el vínculo con nuestra madre supone la relación más significativa que mantenemos, por años, con otro ser humano. La calidad de este nexo, no sólo resulta fundamental para el desarrollo de nuestra personalidad, sino que también, constituye el modelo a seguir para el tipo de relación que, más adelante, estableceremos con otras personas.

CÓMO RECUPERAR LA PAZ TRAS UNA INFANCIA DOLOROSA

A pesar de haber sufrido relaciones tóxicas con nuestra madre, (hipercontrol, abandono emocional, malos tratos, abusos, etc.), siempre podemos trabajar para recuperar el control de nuestra vida.

Estos 6 pasos pueden ayudar a recuperar la calma interior si la unión materna durante la infancia fue deficiente y sus carencias derivadas aún nos perjudican.

1. AHORA, TÚ TAMBIÉN ERES ADULTA.

Ha pasado el tiempo y la niña que tu madre continúa viendo como su hija pequeña, ha crecido. Ha llegado el momento de que tomes tus propias decisiones, tienes todo el derecho a vivir tu propia vida. No lo dudes, te mereces tener relaciones horizontales, libres de sometimientos y juegos de poder.

2. TÚ MARCAS LOS LÍMITES.

Las más de las veces, los cambios que deseamos que se produzcan en los demás nunca llegan. Tal vez, tu madre siga repitiendo sus mismos esquemas y pretendiendo que tú actúes igual que antaño, sin embargo, ahora Tú puedes marcar unos límites de respeto en vuestra relación y decidir hasta dónde permites que se inmiscuyan en tu vida.

3. COMPRENDER NO SIGNIFICA PERMITIR

Puedes llegar a comprender los motivos por los que tu madre, en el pasado, se comportó como lo hizo, pero esto no es excusa para que siga actuando igual. No resulta saludable ocultar el daño que recibiste.

4. Y SI TÚ ERES MADRE

Si tienes tus propios hijos, entonces sientes una doble motivación para liberarte del pasado y recuperar tu equilibrio emocional. Por un lado, notas un interés legítimo en sanar, pero además, piensa que toda la carga que sueltes, será lastre que le estás evitando a tus hijos.

5. PIENSA EN TI

Si te has pasado tu vida pendiente de los deseos o las expectativas de los demás, ha llegado el momento de pensar en ti misma. No es egoísmo, es salud emocional. Recuerda que si tú no estás bien, no podrás amar incondicionalmente a tus seres queridos.

6. HAZ COSAS QUE TE APETEZCAN

Escucha a tu cuerpo y siente qué es lo que te pide. Puedes empezar por cosas sencillas como caminar por la playa, escuchar tu música favorita o desarrollar una afición olvidada. Poco a poco, irás sintiendo cada vez más clara esa voz interior que te dice lo que es bueno para ti.

LA FUERZA DEL VÍNCULO MADRE-HIJA

Algunas madres construyen con sus hijos sólidos lazos de conexión y respeto. Libres de condicionamientos y sintiéndose acompañados en sus necesidades, estos niños crecen felices y seguros de sí mismos. En otras familias, el autoritarismo, los chantajes y coacciones, dañan el vínculo de la madre con sus hijos, quienes acaban arrastrando, de por vida, un cúmulo de inseguridades y baja autoestima.

Todo niño, al nacer, espera sentirse acogido y amado incondicionalmente por su madre (también por su padre). Cuando esto no sucede, el niño siente tristeza, desamparo, frustración y rabia sin poder expresarlas. Para sobrevivir, la criatura termina por amoldarse a las condiciones impuestas por su familia. Las consecuencias de esta ruptura con su verdadero yo las arrastrarán de por vida.

Para sanar en profundidad, tenemos que sacar a la luz las emociones que fueron acalladas en el pasado, conectar con nuestra verdadera esencia y aseguraremos de que nunca más nos repriman. Sólo de esta forma, siendo auténticos y honestos con nosotros mismos, podremos forjar relaciones sanas con los demás.

Por supuesto, este cambio personal influirá en la relación actual con nuestra propia madre. Abandonaremos la sumisión y la dependencia, y podremos marcar nuestros propios límites, dejando claro cómo queremos actuar y lo que vamos o no vamos a tolerar.

La evolución de la relación con nuestra madre también dependerá de cómo acepte ella todos estos cambios. Si se apega a los esquemas insanos del pasado, pero nosotros ya no se lo permitimos, resulta inevitable que se produzca un distanciamiento.

Pero si la madre asume, como una persona madura, los errores cometidos en el pasado y muestra una verdadera actitud de cambio, sí es posible mantener una relación sana y adulta, ya no desde la indiferencia o la represión, sino desde la comprensión mutua y el diálogo.

Nuestro yo más auténtico, esa parte interna nuestra que sabe como somos realmente y lo que necesitamos para ser felices, nunca desaparece y con el acompañamiento adecuado, siempre podemos liberarnos de todo el lastre acumulado tras años de abusos y reconectar con nuestro verdadero yo.

Este cambio de 180 grados en nuestra vida, también repercute en nuestra relación con los demás y en la de ellos con nosotros. A veces, las diferencias son casi insalvables y se impone la distancia para poder sanar de forma adecuada.

En otras ocasiones, tras contemplar la transformación sufrida por sus hijos, son las propias madres las que acuden a terapia para trabajar sus asuntos personales. En estos casos, el vínculo afectivo con su hija o hijo, va sanando a medida que cada una de las partes madura.

Independientemente de cuál sea la reacción de nuestra madre, lo importante es haber realizado el trabajo de comprensión y sanación que menciono más arriba. Tras este proceso, podremos recuperar el control sobre nuestra vida, tomaremos, sin sentirnos presionados, nuestras propias decisiones y restableceremos nuestra autoestima y nuestra calma interior.