Heridas de infancia

No recibir suficiente cariño en la infancia provoca heridas abiertas toda la vida. Pero no podemos seguir esperando que nuestros padres acudan a sanarlas.

De niños, cuando aún no podemos valernos por nosotros mismos, dependemos, absolutamente, de nuestros padres. Necesitamos que nos amen, nos cuiden y nos sirvan de guía en el largo proceso de maduración hacia la vida adulta que suponen la infancia y la adolescencia. Cuando este acompañamiento es amoroso y está libre de violencias (agresiones físicas, chantajes, abandonos, etc.), la persona crece equilibrada y segura de sí misma.

Sin embargo, desgraciadamente, esta no es la realidad en la que se crían muchas niñas y niños.

UN VACÍO DIFÍCIL DE LLENAR Y UNA DISCULPA QUE NO LLEGARÁ

si no crecemos con un acompañamiento sano que cubra todas nuestras necesidades emocionales, arrastramos, de por vida, una profunda sensación de vacío. A veces este malestar resulta tan intenso que algunas personas llegan a sentir como si tuvieran un profundo hueco en su corazón. Esta es la manera que tiene el cuerpo de recordar la falta de amor que se ha sufrido durante la infancia.

Con frecuencia, las personas que arrastran estas carencias intentan colmar este vacío esperando que alguien acuda a su rescate y les brinde el amor que tanto necesitan.

Saltan de relación en relación y ninguna es satisfactoria. El malestar sigue presente. Se pasan la vida buscando que alguien externo venga a cubrir sus necesidades, como debió de haber sucedido en su infancia. Pero esta búsqueda solo conlleva sufrimiento y desesperación porque nadie logra llenar ese vacío.

También resulta habitual que las personas que en la infancia no recibieron el cariño de sus padres mantengan la ilusión de que estos, en algún momento, cambiarán y acabarán siendo los padres amorosos que nunca fueron. Incluso cuando buscan una terapia para trabajar su problema de vacío e insatisfacción, acuden con la esperanza de que, si ellos cambian, sus padres por fin les harán caso y les brindarán la atención que no tuvieron en su infancia.

Sin embargo, esta es una expectativa poco objetiva, basada más en un anhelo que en una posibilidad real. Este enganche emocional les mantiene dependientes de alguien externo y les aleja de su verdadera sanación.

Por desgracia, la mayoría de las personas que nos hicieron daño años atrás jamás cambiarán su forma de relacionarse con nosotros. Incluso si pretendemos hablar con ellos para explicarles cómo sufríamos de pequeños, ellos le restarán importancia a los hechos (o los negarán). La posibilidad de diálogo es escasa, excepto si han realizado un profundo cambio interior que les permita empatizar con sus hijos y reconocer los errores que cometieron.

Aquellos que, en el pasado, no fueron sensibles a las necesidades del niño, tampoco lo serán en el presente.

Asumir que nuestros mayores no van a cambiar supone, quizá, el paso más difícil para la sanación, ya que nos enfrenta al vacío de forma mucho más cruda. Sin embargo, resulta imprescindible atravesar el duelo por el pasado –por aquello que no pudo ser– para poder enfocarnos en nosotros, en nuestro presente. Desde ahí podremos proyectar un futuro más libre.

¿CÓMO REPARAR UNA INFANCIA INFELIZ?

Desengancharnos de los demás nos hará centrarnos en la única persona que sí puede ayudarnos a sanar: nosotros mismos.

Ya como adultos, en muchos casos con la ayuda de la terapia adecuada, podremos conectar con el pasado para sanarlo definitivamente. Nadie mejor que nosotros podrá empatizar con aquel niño y con los sentimientos que experimentó. De esta forma lograremos sacar a la luz toda la verdad.

Quizá de niños no tuvimos a nadie que nos protegiese y nos mirase a los ojos para preguntarnos cómo nos sentíamos. Ahora podemos ser nosotros mismos quienes nos ayudemos a expresar y a poner encima de la mesa los recuerdos negativos que tuvimos que reprimir. Poco a poco, este diálogo interior dará sus frutos y volveremos a conectar e integrar la cabeza con el corazón, la razón con los sentimientos.

Muchas civilizaciones antiguas usaban el laberinto clásico (con un único camino que lleva al centro siguiendo una espiral) como simbología del despertar interior. Las personas recorrían el laberinto de fuera hacia dentro, lugar en el que acontecía el ritual de transformación, para con posterioridad, al realizar el camino inverso, salir completamente renovadas. Debemos entrar en nuestro laberinto interior para salvar a aquel niño herido y poder, de este modo, construir un presente más equilibrado y libre.

1. POSICIÓNATE JUNTO A TU YO NIÑO

Quizá en tu infancia los adultos siempre restaron importancia a tus protestas o justificaban los castigos o los malos tratos diciéndote que te portabas mal y que no existía otra forma de corregirte. Sin embargo, ese niño/a siempre ha sabido que aquel trato era injusto y precisa, para sanar, que te pongas, de forma incondicional, a su lado.

No dudes de ti cuando recuerdes malas experiencias de tu infancia, no estás exagerando.

Piensa que tu niño/a se está comunicando contigo, mostrándote lo que urge sanar. Necesita que tú, como adulto, confíes en él/ella.

2. LIBERA LAS EMOCIONES REPRIMIDAS

La represión supone uno de los peores efectos de las violencias sufridas en la infancia. Las emociones que se guardaron en el pasado, por miedo o vergüenza, no desaparecen y, aunque no nos percatemos, nos siguen afectando en el presente.

Pregúntate cómo te sentías cuando te castigaban, te insultaban o te pegaban. Tal vez recuerdes miedo o tristeza, pero también frustración y rabia. Escribe el relato de esos recuerdos, detallando el abanico de emociones de cada momento. Llora o grita si necesitas hacerlo. Eso te librará de la represión y conectarás contigo de nuevo.

3. COMIENZA A ESCUCHARTE

Puede que, hasta ahora, hayas dado una gran importancia a las opiniones de los demás y a la hora de tomar decisiones te hayas dejado llevar por un criterio externo. Ha llegado el momento de empezar a conectar con tu interior y de escuchar qué es lo que realmente te gusta y qué deseas hacer.

Para conectar con tu intuición, te propongo un sencillo ejercicio: cada vez que te enfrentes al momento de tomar una decisión, cierra los ojos, inspira profundamente e imagina la situación. Presta atención a cuál es el primer impulso que te llega.

¿Qué decides? ¿Te apetece?

¿Qué esperan los demás de mí?

Una realidad constante en nuestra vida son las expectativas que los demás tienen hacia nosotros, lo que esperan que nosotros hagamos o seamos. En realidad, todos tenemos expectativas y las usamos como medio de plantearnos objetivos y las padecemos cuando nos  condicionan constantemente en nuestras relaciones con los demás.

Tienen que ver con las personas significativas para nosotros, los padres, la pareja los hijos e hijas, los amigos, etc. Los que queremos y nos quieren tienen unas expectativas, esperan algo de nosotros y muchas veces no se hacen conscientes estas expectativas pero somos constantemente condicionados por ellas, en ocasiones pueden ser apoyos pero en muchos otros son lastres que nos pueden amargar la vida.

Sepamos y aprendamos que en realidad las expectativas que los demás ponen en nosotros nada tienen que ver con lo esencial de nuestra personalidad, ni con nuestra vida como proyecto, en realidad tienen que ver con las metas de los otros, con sus deseos y compensaciones. Muchos padres quieren que sus hijos estudien no porque crean que es lo mejor para ellos sino porque quieren que hagan lo que su padre no puedo hacer.

Por ejemplo, cuando nacemos, venimos al mundo con una carga de expectativas tremenda, aunque nuestra familia no es consciente pero, todos esperan al recién nacido con una lista de demandas como pueden ser que sea de determinado sexo, que sobresalga en determinado deporte, que se parezca a fulanito, que no vaya a ser como menganito, que valore lo que nos ha costado que nazca, que ayude a mejorar la relación de pareja de los padres, que cumpla los anhelos de los abuelos que no cumplió el padre, etc. Creo que  podemos hacer un ejercicio de todas las expectativas que nuestra venida al mundo trajo consigo y nos quedaremos cortos.

Posteriormente en la vida diaria, seguimos arrastrando esta dependencia de las expectativas que tienen los demás de nosotros, la pregunta es que pasa si nos atrevemos a enfrentarlas a averiguar qué es exactamente lo que los demás esperan de nosotros, tal vez podríamos llevarnos más de una sorpresa.

¿Sabes lo que los demás esperan de ti? Si no se lo preguntas, si ellos no te lo dicen, nunca lo vas a saber. Pregunta, ¿Qué quieres de mí?. Tu pareja, tus hijos, tus compañeros de trabajo, tus padres, tus amigos, ¿sabes cuáles son las metas de los demás? Pregúntales cuáles son sus aspiraciones, sus objetivos, sus deseos, sus anhelos, sus sueños… ¿Cuáles son las esperanzas de las personas que te rodean?.
¿Saben los demás lo que tú esperas de ellos? Si no se lo dices, aunque te quieran mucho, aunque te admiren, aunque te aprecien por tu trabajo, ellos no lo van a saber. Si no lo dices, nunca se van a enterar de tus necesidades. Pide, aunque te digan que no.
¿Saben los demás cuáles son tus metas? Las personas que tienes alrededor,  ¿saben cuáles son tus expectativas, tus ilusiones, lo que quieres conseguir?
¿Cómo sabes que lo saben? ¿Cómo sabes que lo sabes? Solo hay una manera: hablando.

Aprendiendo a estar sol@

Una relación de pareja sana no se construye sobre la dependencia y las medias naranjas. Solo si estemos preparados para estar solos encontraremos la pareja adecuada.

Nos deja nuestra pareja y parece que el mundo se derrumba. O sentimos que sin ella todo pierde sentido o que se nos van las fuerzas. Necesitamos su apoyo, sus ánimos, sus halagos…

CONSTRUIR NUESTRA AUTOESTIMA MÁS ALLÁ DE NUESTRA PAREJA

Pero no es así, no somos seres incompletos, no somos medias naranjas buscando la otra mitad para sentirnos plenos. De hecho, la idea es sentirse entero y completo. Y sí, podemos rodar por la vida al lado de alguien pero que también sea completo y especial. Aquí tienes 6 claves para lograrlo.

1. ALGO NO ESTÁ BIEN

El primer paso es darnos cuenta de que hay aspectos de nuestras relaciones que no son sanos o que no nos hacen sentir bien.

¿Terminas una relación y, seguidamente, empiezas otra por no estar solo/a? ¿Tu pareja te dice que va a cambiar, pero nunca lo hace y, a pesar de eso, sigues con ella? ¿Sientes miedo y angustia ante la idea de que te dejen? Estos son algunos detalles que indican que hay algún tipo de dependencia en las relaciones que estableces con los demás.

2. CONECTAR CON NUESTRO NIÑO PARA SANARLE

Mirarnos, comprendernos, abrazarnos, hablarnos, aceptarnos incondicionalmente. Solo lograremos liberarnos de los efectos de todas nuestras carencias cuando nos demos cuenta de que únicamente nosotros podemos llenar ese profundo vacío interno que hace que nos sintamos así de incompletos.

Nuestra parte adulta es la única que puede ahora compensar todos los cuidados, las atenciones y reconocimientos que no pudo obtener en su momento. Solo nosotros mismos podemos llegar a sanar este niño herido que perdura en nuestro interior.

3. PAPÁ Y MAMÁ NO VAN A CUBRIR ESE VACÍO

Quizá esta sea la parte más dura de todo el proceso de sanación. Nos toca aceptar que papá y mamá no van a cumplir este papel y que además, raramente, recibiremos su apoyo. Seguir esperando ahora que papá o mamá, proyectados en nuestra pareja, nos hagan caso es alimentar una vana esperanza que jamás se cumplirá.

Este es un duelo que tenemos que atravesar, resulta muy duro, pero nos va a ayudar a madurar y a mirar la vida desde una nueva perspectiva.

4. NUESTRO VACÍO VIENE DE NUESTRA INFANCIA

Entender de dónde procede nuestro malestar es un paso necesario para empezar a cambiar. Cuando somos pequeños, nos adaptamos a la situación que vivimos en nuestro hogar para tratar de ser lo más felices posible o, al menos, para amortiguar los daños que nos amenazaban.

Ante esto, algunas personas acaban convirtiéndose en excesivamente responsables, otras se acostumbran a no protestar para que no se enfaden con ellas los demás, otras prefieren dejar que sean los otros los que acaben resolviendo sus problemas… Todos estos patrones de comportamiento, que intervienen en las relaciones que establecemos con las demás personas, si no los cambiamos, los iremos repitiendo toda nuestra vida, incluso de adultos, especialmente con nuestras parejas.

5. DESARROLLAR LA PARTE QUE QUEDÓ ESTANCADA

Empezar a escuchar a nuestra intuición. Darle voz a nuestro yo individual. Escuchar lo que le gusta y lo que no, con quién quiere estar y con quién no. No se trata de que la intuición predomine sobre lo racional, sino de que haya un equilibrio y un sano diálogo entre ambas partes.

Si conectamos con nuestra intuición, con nuestro verdadero ser, podremos reforzar nuestra autoestima y tomar las riendas de nuestras vidas para liberarnos de los viejos prejuicios. Aunque en este mundo nuestro, lo racional parezca que siempre tiene que estar por encima, al darle valor a todo aquello que emerge en nosotros de forma genuina, nos acercamos mucho más a una vida completa y plena.

6. ESTABLECER UNA RELACIÓN SANA

Aunque parezca contradictorio, solo cuando estemos preparados para estar solos podremos encontrar una pareja adecuada con la que tener una relación sana y equilibrada y libre de condicionamientos negativos. Cuando sanemos profundamente, nos atraerán otras personas.

 

 

Practica la gratitud

Es nuestra actitud más poderosa. Nada te hará más feliz que estar agradecido por todo lo que la vida te brinda, por todo lo que el camino te presenta, por todos los retos que te acechan… con ellos crecemos.

Con los años y sobre todo con la experiencia, he podido comprobar que no hay mejor actitud que la de practicar la gratitud.   Dicho esto, deseo que este pequeño artículo te ayude a mantener una actitud de gratitud diariamente para que puedas sanarte, para que alivies tus niveles de estrés, para que puedas descansar y dormir más tranquila, y para que te sientas más satisfecha de tus relaciones personales.

SER  AGRADECIDO MEJORA NUESTRA SALUD

Tengo claro que ser agradecida es la clave de mi felicidad. Algo que cuesta tan poco y que puede transformar por completo nuestro día y tener un fuerte impacto en nuestro bienestar.

Según un estudio publicado en el Clinical Psychology Review, las personas que mantienen una actitud diaria de agradecimiento tienen menor riesgo de padecer depresión y ansiedad, son personas menos agresivas, altruistas, con empatía y amabilidad. Muestran mayor confianza hacia los demás, sienten una motivación/llamada interior por hacer y lograr más de una forma ambiciosa pero sana y suelen mantener relaciones personales muy satisfactorias. Se ven menos afectados por las críticas y son menos sensibles a la negatividad de las otras personas, con lo que duermen mejor y tienen menos riesgo de adicción al alcohol o drogas, o padecer trastornos alimentarios.

Lo sé, no siempre es fácil sonreírle a la vida, sobre todo después de recibir una mala noticia o haber pasado un mal día, pero prometo que cuanto mayor es el esfuerzo por mantener esta buena actitud más pronto se volverá una rutina y verás como finalmente cambiará tu perspectiva de vida de manera positiva.

PERO… ¿QUÉ ES LA GRATITUD?

Todos tenemos claro que ser agradecido es dar las gracias a alguien que nos ha echado una mano, que nos ha apoyado o ayudado en algún momento y en situación determinada. Pero por gratitud no me refiero solamente a este tipo de situaciones. Ser agradecido debe ser un acto frente a la vida, estar agradecido por la comida que tenemos en nuestro plato y nos nutre cada día, por el agua limpia y fresca que sale del grifo y la ducha para asearnos por la mañana, por la ropa que nos protege y abriga cuando hace frío, por el aire que llena nuestros pulmones en cada una de nuestras respiraciones… A esta actitud me refiero. Agradecimiento a cualquiera, cualquier cosa, en cualquier momento. ¿Tú  la mantienes?

Agradecida estoy por poderme levantar con los rayos de sol que entran por la ventana, por el ruido de la fuente de agua en el jardín, por todos los nutrientes que me aportan los vegetales orgánicos de mi zumo verde matutino. Agradecida por los días en que puedo practicar mi rutina de yoga, por ese mensajito en el móvil cargado de amor, y agradecida por ese colibrí que día sí día también viene a saludarme mientras estoy en el despacho trabajando en nuevos artículos y proyectos.

Los mismos sujetos del estudio mostraron una relación directa entre ser agradecidos y sentir más satisfacción en su vida, más autoestima y crecimiento personal, más alineados a sus valores y propósito de vida.

¿NOS PONEMOS MANOS A LA OBRA?

Hay algunos ejercicios que pueden ayudarte a poner en práctica una actitud de gratitud de forma diaria. No te tomarán demasiado tiempo, así que no hay excusa para empezar a ponerlo en practica desde ¡ya!

· Antes de levantarte de la cama: empieza el día con un pensamiento positivo. Recuerda algo bonito presente en tu vida, puede que sean los pajaritos cantando en la ventana, esa canción que suena en la radio del vecino o incluso esa mantita que te está cubriendo y calentando el cuerpo.

· Ten un gesto bonito hacia otra persona: cede tu asiento del bus a alguien que lo necesite más que tú, deja una nota con un mensaje positivo a un compañero de trabajo que no esté demasiado animado, o incluso sonríele a un extraño. Repartir alegría y mostrar aprecio a los demás no solamente les alegra a ellos sino que te enriquece también a ti.

· Diario de gratitud: estrena un diario donde cada noche o al final de la semana escribas cinco cosas por las que estás agradecido. Ese nuevo logro en el trabajo, esa tarde donde pudiste compartir un ratito con un amigo o la pareja, esa llamada que tanto esperabas o esa cena tan deliciosa que preparaste.

· Comparte con tu pareja: cada noche tres motivos por los que estás agradecido y quizás pueden ser motivo para fortalecer la relación, sobre todo si se nombran cosas por las que estáis agradecidos uno del otro.

· Piénsalo dos veces: si un pensamiento negativo te viene a la mente analízalo. ¿Estás haciendo una pelota de un granito de arena? ¿Hay algo de cierto en tu pensamiento que puedas usar para cambiar tu situación? Por ejemplo, has tratado de hacer algo y no ha salido bien. En vez de pensar “Soy un fracasado”, recuérdate que fracasar, y a veces en múltiples ocasiones, te acerca a lograr tu objetivo. ¡Sé agradecido!

Cada día podemos dar las gracias por estar vivos, respirar, cada día tenemos un motivo para sonreír, porque cada nuevo día es una oportunidad para acercarnos a nuestro yo más profundo, donde se encuentra la magia, la inocencia y la felicidad de cada uno.

Sanando el vínculo materno

El vínculo afectivo madre-hijo durante la infancia, determina nuestra personalidad. Si esta unión fue deficiente siempre estamos a tiempo de sanar.

Desde nuestra concepción, el vínculo con nuestra madre supone la relación más significativa que mantenemos, por años, con otro ser humano. La calidad de este nexo, no sólo resulta fundamental para el desarrollo de nuestra personalidad, sino que también, constituye el modelo a seguir para el tipo de relación que, más adelante, estableceremos con otras personas.

CÓMO RECUPERAR LA PAZ TRAS UNA INFANCIA DOLOROSA

A pesar de haber sufrido relaciones tóxicas con nuestra madre, (hipercontrol, abandono emocional, malos tratos, abusos, etc.), siempre podemos trabajar para recuperar el control de nuestra vida.

Estos 6 pasos pueden ayudar a recuperar la calma interior si la unión materna durante la infancia fue deficiente y sus carencias derivadas aún nos perjudican.

1. AHORA, TÚ TAMBIÉN ERES ADULTA.

Ha pasado el tiempo y la niña que tu madre continúa viendo como su hija pequeña, ha crecido. Ha llegado el momento de que tomes tus propias decisiones, tienes todo el derecho a vivir tu propia vida. No lo dudes, te mereces tener relaciones horizontales, libres de sometimientos y juegos de poder.

2. TÚ MARCAS LOS LÍMITES.

Las más de las veces, los cambios que deseamos que se produzcan en los demás nunca llegan. Tal vez, tu madre siga repitiendo sus mismos esquemas y pretendiendo que tú actúes igual que antaño, sin embargo, ahora Tú puedes marcar unos límites de respeto en vuestra relación y decidir hasta dónde permites que se inmiscuyan en tu vida.

3. COMPRENDER NO SIGNIFICA PERMITIR

Puedes llegar a comprender los motivos por los que tu madre, en el pasado, se comportó como lo hizo, pero esto no es excusa para que siga actuando igual. No resulta saludable ocultar el daño que recibiste.

4. Y SI TÚ ERES MADRE

Si tienes tus propios hijos, entonces sientes una doble motivación para liberarte del pasado y recuperar tu equilibrio emocional. Por un lado, notas un interés legítimo en sanar, pero además, piensa que toda la carga que sueltes, será lastre que le estás evitando a tus hijos.

5. PIENSA EN TI

Si te has pasado tu vida pendiente de los deseos o las expectativas de los demás, ha llegado el momento de pensar en ti misma. No es egoísmo, es salud emocional. Recuerda que si tú no estás bien, no podrás amar incondicionalmente a tus seres queridos.

6. HAZ COSAS QUE TE APETEZCAN

Escucha a tu cuerpo y siente qué es lo que te pide. Puedes empezar por cosas sencillas como caminar por la playa, escuchar tu música favorita o desarrollar una afición olvidada. Poco a poco, irás sintiendo cada vez más clara esa voz interior que te dice lo que es bueno para ti.

LA FUERZA DEL VÍNCULO MADRE-HIJA

Algunas madres construyen con sus hijos sólidos lazos de conexión y respeto. Libres de condicionamientos y sintiéndose acompañados en sus necesidades, estos niños crecen felices y seguros de sí mismos. En otras familias, el autoritarismo, los chantajes y coacciones, dañan el vínculo de la madre con sus hijos, quienes acaban arrastrando, de por vida, un cúmulo de inseguridades y baja autoestima.

Todo niño, al nacer, espera sentirse acogido y amado incondicionalmente por su madre (también por su padre). Cuando esto no sucede, el niño siente tristeza, desamparo, frustración y rabia sin poder expresarlas. Para sobrevivir, la criatura termina por amoldarse a las condiciones impuestas por su familia. Las consecuencias de esta ruptura con su verdadero yo las arrastrarán de por vida.

Para sanar en profundidad, tenemos que sacar a la luz las emociones que fueron acalladas en el pasado, conectar con nuestra verdadera esencia y aseguraremos de que nunca más nos repriman. Sólo de esta forma, siendo auténticos y honestos con nosotros mismos, podremos forjar relaciones sanas con los demás.

Por supuesto, este cambio personal influirá en la relación actual con nuestra propia madre. Abandonaremos la sumisión y la dependencia, y podremos marcar nuestros propios límites, dejando claro cómo queremos actuar y lo que vamos o no vamos a tolerar.

La evolución de la relación con nuestra madre también dependerá de cómo acepte ella todos estos cambios. Si se apega a los esquemas insanos del pasado, pero nosotros ya no se lo permitimos, resulta inevitable que se produzca un distanciamiento.

Pero si la madre asume, como una persona madura, los errores cometidos en el pasado y muestra una verdadera actitud de cambio, sí es posible mantener una relación sana y adulta, ya no desde la indiferencia o la represión, sino desde la comprensión mutua y el diálogo.

Nuestro yo más auténtico, esa parte interna nuestra que sabe como somos realmente y lo que necesitamos para ser felices, nunca desaparece y con el acompañamiento adecuado, siempre podemos liberarnos de todo el lastre acumulado tras años de abusos y reconectar con nuestro verdadero yo.

Este cambio de 180 grados en nuestra vida, también repercute en nuestra relación con los demás y en la de ellos con nosotros. A veces, las diferencias son casi insalvables y se impone la distancia para poder sanar de forma adecuada.

En otras ocasiones, tras contemplar la transformación sufrida por sus hijos, son las propias madres las que acuden a terapia para trabajar sus asuntos personales. En estos casos, el vínculo afectivo con su hija o hijo, va sanando a medida que cada una de las partes madura.

Independientemente de cuál sea la reacción de nuestra madre, lo importante es haber realizado el trabajo de comprensión y sanación que menciono más arriba. Tras este proceso, podremos recuperar el control sobre nuestra vida, tomaremos, sin sentirnos presionados, nuestras propias decisiones y restableceremos nuestra autoestima y nuestra calma interior.

 

 

No le des más vueltas

Un exceso de reflexión puede distorsionar la percepción de la realidad y empañar el disfrute de la vida. La cuestión es: ¿se puede reorientar una mente que anda a su aire y algo hiperactiva?

La vida es rica en experiencias maravillosas, pero también nos aporta grandes temas sobre los que preocuparnos. Todo ello puede conducir a que, en ocasiones, nos esforcemos demasiado en pensar e intentemos resolver las cosas dándole vueltas a lo que nos pasa por la cabeza.

Si ese proceso resulta muy intenso el propio pensamiento puede adueñarse de una persona y hacerla sufrir. Es como empezar a abrocharse mal una camisa: al final todo es un desbarajuste.

CUANDO SE PIENSA DEMASIADO

Parece que el hecho de volver sobre una cuestión una y otra vez puede resultar de ayuda, y es probable que así sea, salvo que esa cadena de pensamientos se base en algún tipo de idea o de lógica equivocada. Cuando eso ocurre es fácil quedar atrapado en la telaraña de la mente, a merced del cansancio que eso suele producir, sintiéndose estancado o sin capacidad de acción.

La parábola de la hormiga y el ciempiés

Cuenta una vieja historia que un ciempiés paseando por el bosque se topó con una hormiga. Esta, sorprendida por la elegancia del insecto al desplazarse, le preguntó cómo lograba caminar de manera tan armoniosa teniendo tantas patas. ¿No tropezaba? ¿No se equivocaba de pie a la hora de emprender la marcha? ¿Nunca se había hecho un lío?

El ciempiés, halagado, reflexionó un rato y, con la intención de explicarle a la hormiga cómo hacía para caminar tan bien, intentó hacerlo al mismo tiempo que pensaba, con el resultado de que ya no pudo volver a caminar nunca más.

A menudo las personas, como el ciempiés de esta historia, olvidamos caminar con soltura y permanecemos atascados en el círculo de nuestros pensamientos.

QUERER CONTROLARLO TODO DÁNDOLE VUELTAS

De todos los autoengaños que el ser humano es capaz de crear, uno de los más dolorosos tal vez sea la fantasía de pretender dominar el mundo con el pensamiento. Es decir, creer que pensando algo suficientemente es posible asegurarse el control de cualquier empresa.

Y es que, cuando nos olvidamos de vivir la vida por el hecho de pasarla reflexionando sobre ella, nos alojamos en el hotel de las noches amargas de la infelicidad. Curiosamente, cuanto más pensamos para no sufrir, más nos hace padecer nuestro pensamiento; y cuando sentimos ese dolor, más pensamos, lo que nos sume en el desconcierto.

Precisamente ese es el círculo en el que perdemos de vista lo sensorial y nos alejamos de todo aquello que a través de los sentidos nos conecta con la vida. Son muchas las personas que intentan dirimir sus conflictos internos pensando y pensando sin encontrar soluciones. ¿Qué hacen entonces? Pues, si no llegan a ningún lugar, se les ocurre que tal vez no han pensado bastante.

Es muy común intentar obtener respuestas lógicas a cuestiones que no lo son tanto, o razonar sobre cuestiones que permanecen en el universo de las emociones y sentimientos sin poder dirimirlas en su totalidad.

EL EXCESO DE PENSAMIENTO NOS ALEJA DE LA EXPERIENCIA

Vivir con el supuesto de que solo es factible conseguir las cosas de una manera genera un dolor que podría no tener fin. Recuerda al de aquella mula que, al no poder pasar a través de una pared, se obstinaba en golpearla cada vez más fuerte con su cabeza. Nuestra red neuronal forma un sistema maravilloso que nos permite investigar el mundo y vivirlo, pero conviene conocer sus limitaciones.

Las personas disponemos de esa herramienta precisamente para experimentar la realidad, no tanto para filtrarla a través del pensamiento. De niños, simplemente descubríamos el mundo con la mente curiosa de un científico: probábamos las cosas, llevándonoslas a la boca y jugando placenteramente con las texturas, olores, etc.

Es justamente con el uso de razón cuando empezamos a alejarnos de la experiencia y a reflexionar acerca de ella. ¿Qué significan las cosas? ¿Qué van a pensar de mí? De ese modo el niño o el joven se apartan de vivir la vida para reflexionar y encontrar la manera de acertar y agradar.

Cuanto más dura haya sido nuestra vivencia de la infancia, más probable es que nuestra necesidad de reflexionar, de asegurarnos, sea mayor. Tal vez por ello, para no sentir la incertidumbre, el no saber qué pasará, evitamos volver a lo sensorial a base de pensar y pensar.

PENSAR MENOS PARA VIVIR MÁS

El exceso de pensamiento podría generar un bloqueo que afecta a la propia estima. En esos casos puede resultar útil:

  1. Practicar una actividad física. Hacer ejercicio en cualquiera de sus formas contribuye a modificar la bioquímica cerebral. Puede mejorar el efecto de ciertos fármacos que se usan para la depresión o incluso sustituirlos en algunos casos.
  2. Consultar a un profesional. Reconocer la debilidad suele ser un signo de verdadera fortaleza y un requisito para la curación. Una persona experta puede ayudar a trazar planes verdaderamente realistas y a avanzar por el camino de la acción.
  3. Dedicar un rato estipulado a pensar. Un buen ejercicio para dominar el pensamiento desbocado es establecer un horario fijo para preocuparse y pensar. Proponerse hacer alguna cosa y llevarla a cabo es una manera ideal de utilizar el tiempo restante.
  4. Aceptar que no somos perfectos. La perfección no existe. Hacer algo incluso sabiendo que no nos irá bien del todo puede ser mejor que quedarse en casa pensando.
  5. Un tiempo diario para retornar a lo sensorial. Dedicar unos minutos a sentir el cuerpo, a saborear un plato, escuchar una canción, oler una flor, bailar, pasear, percibir el viento, etc., suele dar resultado tras un corto tiempo de práctica.
  6. Descubrir la meditación o el mindfulness. Cuando se practican técnicas meditativas la percepción se hace más viva al tiempo que se aprende a relativizar los propios pensamientos. confiar más en la intuición. Hay estudios que demuestran que es posible tomar decisiones correctas en un lapso de tiempo de solo 3 segundos; sin embargo, fallamos mucho más cuando nos damos un tiempo amplio para razonar. Atrevámonos a descubrirlo.

Sanar heridas emocionales

Nuestras emociones nos permiten conectar con aquello que nos duele y nos dolió en el pasado. Es importante darles espacio, para que no queden bloqueadas o infectadas. Un profesional de la psicoterapia puede ayudarnos a explorar las antiguas heridas, detectar de dónde viene nuestro dolor, para poder liberar las emociones, reconocerlas y gestionarlas, y vivir con menos peso en la vida.

Poder reconocer nuestro dolor nos permite reconocer nuestras antiguas heridas para poder desinfectarlas. El mejor desinfectante del que disponemos son nuestras emociones.

Las cuatro emociones básicas son alegría, tristeza, rabia y miedo. Son universales, las encontramos en todas las culturas y edades, forman parte de nuestro diseño biológico. Nos permiten relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con lo que nos sucede y con lo que nos sucedió, para poder digerirlo.

Estas nos permiten conectar con el dolor, metabolizarlo y disolverlo.

Las emociones nos permiten transitar nuestro sufrimiento, entrar y salir de él.

Dar espacio a la herida es dar espacio a las emociones que nos despiertan.

Si no usamos lo emocional para destilar nuestras heridas, éstas quedan bloqueadas, infectadas y contaminan nuestro vivir.

El espacio de terapia permite dar espacio emocional a nuestros sufrimientos y ver si éstos están vinculados a antiguas heridas.

EJEMPLO:

  • “Cada vez que tengo que repetirle algo a mi pareja, me desquicio, parece sorda como mi madre”

Evoca una situación con tu madre en que tenías que repetirle algo

Conecta con ese dolor que vivías con tu madre

¿Dónde lo sentías en tu cuerpo?

¿Cómo te sentías?

  • “Poco escuchado, poco visto y que mi esfuerzo por repetir algo no valía la pena”

¿a que dos emociones te conectas?

  • “tristeza y enfado”

Déjate sentir estas emociones en tu cuerpo y acompáñate con una mano en la zona del cuerpo donde las sientes.

Respíralas.

Si no usamos lo emocional para destilar nuestras heridas, Éstas quedan bloqueadas, infectadas y contaminan nuestro vivir.

Es importante mantener una actitud curiosa, casi de investigación en el cotidiano para explorar si ciertos dolores o molestias, que percibimos exagerados se vinculan a antiguas heridas que sufrimos con otras personas.

Una herida mal curada duele toda la vida.

Una herida vivida emocionalmente es un peso y un hándicap menos en la vida.

Cuando algo te detona una respuesta emocional excesiva, date un espacio íntimo para investigar si te conecta con alguna herida, y vivencia a que emociones te conecta.

Apego evitativo y sus consecuencias en adultos

El sentimiento de abandono en la infancia conlleva consecuencias emocionales muy negativas que acaban siendo reproducidas con los propios hijos.

Por desgracia, no todos los bebés tienen la suerte de tener unas madres cariñosas y atentas a sus necesidades. Mary Ainsworth, gracias a su herramienta de observación de las interacciones de las madres con sus bebés conocida como la “Situación Extraña”, encontró que casi una cuarta parte de las madres no atendían de forma consistente y continua las necesidades de sus bebés. Este grupo de madres del estudio de Ainsworth se mostraban distantes y poco sensibles ante las demandas de sus hijos.

APEGO EVITATIVO: NECESIDADES REPRIMIDAS

Los bebés con este tipo de madre apenas manifestaban interés por ella durante todo el proceso de observación. Ni siquiera cuando la madre salía de la sala presentaban signos evidentes de ansiedad. Tampoco cuando su madre volvía a la habitación evidenciaban cualquier tipo de emoción.

En efecto, aquellos niños se mostraban indiferentes ante la presencia de su madre. Sin embargo, se comprobó que su frecuencia cardíaca era alta, lo que induce a pensar que no lo estaban pasando bien en esta situación y que lo que realmente estaba ocurriendo es que estos bebés estaban inhibiendo sus manifestaciones físicas para evitar mostrar sus sentimientos.

Los pequeños no parecían afectados, pero como se suele decir, la procesión va por dentro. Aquellos bebés no exteriorizaban su ansiedad, sino que la mantenían reprimida en su interior y esta inhibición, como veremos más adelante, supone el origen del desarrollo de patrones de comportamiento muy perjudiciales para la salud emocional.

PROCESO DE REPRESIÓN

Ainsworth dedujo que estos bebés, al comprobar que sus demandas no eran atendidas por sus cuidadores, habían aprendido a reprimir la expresión de sus necesidades. El bebé, dentro de sus escasos recursos, siempre busca la forma de protegerse. En este caso, al sentirse desatendidos, su estrategia se centró en dejar de buscar ayuda para replegarse sobre sí mismos.

Al tiempo, al mostrarse muchos de ellos (paradójicamente) muy sociables y aparentar que se relacionan fácilmente con desconocidos, se crea alrededor de ellos una falsa imagen de independencia.

Sin embargo, en realidad, todas las relaciones que mantienen en sus vidas son muy superficiales. Estos niños, evitan todo tipo de contacto emocional, no se sienten cómodos en relaciones de intimidad con otras personas.

En consulta, ya con adultos, con frecuencia escucho frases del tipo “para qué abrirme a los demás, si nadie me hace caso” o “ si confío en los otros, sé que tarde o temprano me van a abandonar”. Estas personas, autosuficientes (en apariencia), al evitar apegarse en exceso a sus parejas, suelen mantener únicamente relaciones esporádicas y poco profundas.

Esta aparente independencia, lo que realmente muestra es la coraza que crearon en sus infancias como protección ante la desatención que sufrieron por parte de sus cuidadores. Como consecuencia de sus experiencias previas de abandono, estas personas sienten que van a volver a ser rechazados y se protegen bajo esa falsa imagen de adultos racionales, impasibles y autosuficientes.

A la larga, la secuela más devastadora de toda una vida ocultando las emociones es la desconexión de uno mismo. Estas personas son incapaces de escuchar sus propias necesidades. Les cuesta mucho trabajo poner palabras a sus sentimientos y emociones.

Una chica me decía en consulta: “Sólo sé decir si estoy bien o mal, pero no puedo especificar más. A veces no sé si estoy enfadada o triste. Me es imposible definir lo que siento”.

REPETICIÓN DE CLICHÉS

Todos estos efectos negativos del apego evitativo se muestran mucho más evidentes cuando criamos a nuestros propios hijos. Si en nuestra infancia no atendieron nuestras necesidades, hoy en día, desconocemos cómo cuidar correctamente a nuestros propios bebés.

Si de niños, no aprendimos y asimilamos un modelo sano de apego seguro, ya de adultos, presentamos inmensas dificultades para ocuparnos, de forma adecuada, de todas las necesidades de nuestros pequeños.

El apego evitativo puede erigirse como una cadena infinita de malestar y desequilibrio emocional transmitido de generación en generación. Estos bebés desatendidos, a su vez, se convierten en padres y madres que no saben atender a sus propios hijos y, si no se le pone fin, el ciclo vuelve a empezar una y otra vez.

 

Constelaciones familiares

La terapia de las constelaciones familiares pone orden en el pasado y restablece la armonía de esas relaciones. Creada por Bert Hellinger, ha ganado difusión en estos últimos años. Los mecanismos por los que actúa no acaban de comprenderse, pero los resultados asombran. Las sesiones suelen realizarse en grupo. En ellas, alguien plantea brevemente un problema personal. A continuación el terapeuta le invita a elegir las personas que representarán a los miembros más significativos de su sistema familiar y a ubicarlos de la forma que crea adecuada.

Los representantes escogidos permanecen de pie, generalmente en círculo, silenciosos, sin saber nada de las personas cuyo papel encarnan. Al poco rato empiezan a sentir emociones, sensaciones o impulsos de movimiento que pertenecen a la persona a la que están representando, en cuyo caso deben seguirlos.

Empiezan a realizar entonces movimientos pausados, no guiados por el intelecto, que suelen reflejar el trasfondo del problema. El terapeuta observa qué sucede, quién mira a quién, qué disposición adoptan en el espacio, hacia dónde se dirigen.

BERT HELLINGER, FUNDADOR DE LA TERAPIA DE CONSTELACIONES

Bert Hellinger (1925) estudió filosofía, pedagogía y teología en Würzburg, Alemania. Vivió en Sudáfrica durante 16 años, en los cuales trabajó como sacerdote, profesor y director de una gran escuela para estudiantes africanos. Cuando abandonó su orden religiosa regresó a Alemania y se hizo psicoanalista; luego aprendió terapia primal en California con Arthur Janov y análisis transaccional con Eric Berne y se formó además en terapia familiar sistémica.

Esa rama de la psicología ha inspirado en buena medida las constelaciones familiares. Puede también que la cultura y el animismo zulúes, cuya lengua aprendió en Sudáfrica, influyesen en una terapia que concede suma importancia al reconocimiento hacia los antepasados.

Según Hellinger, existe una transmisión de conflictos, preocupaciones familiares y comportamientos a través de las generaciones que determina los conflictos psicológicos actuales. Hellinger afirma que cada persona forma parte de un sistema familiar y está unida a todos sus miembros por sólidos vínculos.

¿QUIÉN FORMA PARTE DEL SISTEMA FAMILIAR?

Según Bert Hellinger, el sistema familiar de una persona lo componen:

  • Ella y sus hermanos.
  • Padres, tíos y abuelos.
  • Sus parejas y ex-parejas, hijos y nietos.
  • Las personas que al perder su lugar permitieron que ella lo tuviese. Por ejemplo, una primera mujer del abuelo que falleció dando a luz. También las parejas anteriores de los padres o de la propia persona, en especial si la relación generó descendencia.
  • Personas que tienen un vínculo de agresión. Por ejemplo quien causó la muerte de un familiar o quien murió a manos de un familiar propio.
  • Todos ellos –tanto si están vivos o muertos, murieron al nacer o fueron abortados voluntariamente– merecen un reconocimiento y que interiormente se les dé un buen lugar.

EL ALMA DE LA FAMILIA

Existe así una consciencia grupal o colectiva que opera a nivel inconsciente y que él denomina «alma familiar». Cualquier desorden o problema que afecte a un miembro de la familia tiene repercusiones en los demás. De ahí deriva el nombre de la técnica: constelaciones familiares, ya que todos estamos unidos a los otros miembros de nuestro sistema como las estrellas de una constelación.

Antiguamente la familia y el clan resultaban cruciales para sobrevivir y sus intereses estaban por encima de los de sus miembros. Si estos no daban prioridad al beneficio del grupo, el rechazo o la culpa podían acosarles.

La sociedad actual es más elástica, pero según Hellinger esos patrones o fuerzas siguen operando a nivel inconsciente. El objetivo de las constelaciones familiares es sacar a la luz las dinámicas internas de la familia que impiden que el amor pueda fluir adecuadamente.

Puede solicitar que alguien realice un movimiento dado o pronuncie alguna frase curativa que facilite el fluir de la constelación. El objetivo es sacar a la luz las dinámicas internas que ayudan a perpetuar el conflicto y conseguir que cada miembro de la familia pueda ocupar un buen lugar, tanto para él como para el grupo.

LAS LEYES DEL ORDEN DEL AMOR FAMILIAR

Para ello en los sistemas familiares se precisa un orden que, según Hellinger, responde a unas leyes muy simples. Son las siguientes:

Primera ley: Los miembros anteriores tienen prioridad sobre los posteriores. Es decir, los ancestros tienen prioridad sobre los padres y estos sobre los hijos, los hermanos mayores tienen prioridad sobre los menores, etc.

En cambio, cuando se trata de sistemas, siempre tiene prioridad el sistema actual sobre el de origen. Por ejemplo, cuando una persona presta más atención a su familia de origen que a la familia que él mismo ha creado, pone en peligro a esta.

Los padres son los mayores y dan, los hijos son los pequeños y toman. Los hijos no deben inmiscuirse en los asuntos de sus padres y ancestros.

A veces, por amor, hay hijos que pretenden solucionar asuntos o reparar carencias de sus padres o abuelos haciéndose cargo de ellos. Según Hellinger esta actitud es arrogante, ya que la forma más sana de amar es respetar el destino de la persona amada, dejando que se haga cargo de sus asuntos a su modo. Si respeta el destino de su padre y lo honra tal cual es, vuelve a su lugar de hijo y se queda más descansado y dispuesto para su propia vida.

NADIE PUEDE SER EXCLUIDO

Segunda ley: todos los miembros del sistema familiar tienen derecho a la pertenencia. No se puede excluir a nadie sin consecuencias. Hay dos maneras de excluir a un miembro del sistema:

  • La primera es que los demás consideren que su comportamiento es erróneo y no se adapta a las reglas. Las ovejas negras, que tanto abundan (inadaptados, delincuentes, enfermos mentales…), son excluidos por este motivo. Pero si no se les da su lugar en la familia, aunque no se apruebe su comportamiento, probablemente algún miembro posterior desarrollará conductas o patologías que se encargarán de «recordar» a ese miembro excluido. La solución pasa por volver a incluir a la persona en la «foto familiar» interna.
  • La segunda forma de exclusión es olvidar a alguien, normalmente un bebé o un niño, fallecido prematuramente. Recordarlo causa un extremo dolor a los padres y familiares, por lo que hacen como si no hubiera existido. Dar a esa persona un lugar en nuestro corazón y pedirle internamente que nos mire con buenos ojos si nos va bien en la vida es una buena medida.

EQUILIBRIO ENTRE DAR Y TOMAR

Tercera ley: En las relaciones entre padres e hijos, los padres deben dar (amor, sustento, atención, tiempo…) y los hijos tomar. El hijo restablecerá a su vez el equilibrio dando a sus hijos.

En las relaciones igualitarias, como por ejemplo las de pareja, conviene que ambos den en una medida similar para que la relación pueda florecer y prosperar.

LOS TERAPEUTAS REALIZAN «MOVIMIENTOS FACILITADORES»

Cuando la constelación está desplegada, el terapeuta, aparte de observar la dinámica general, también puede realizar una serie de movimientos facilitadores:

  • Dar continuidad al movimiento incipiente del participante, sea acercarse a alguien, alejarse, descender hacia el suelo, etc. Si el movimiento es dudoso, puede sugerirlo y ver qué pasa. Rectificar educadamente siempre es posible.
  • Proponer al representante que mire a alguien, que lo toque, que se apoye o que respire.
  • Introducir figuras de apoyo o refuerzo, normalmente uno de los padres o ambos.

En ocasiones hay que interrumpir el trabajo cuando falta información importante, cuando la energía no «fluye» y la constelación se estanca o cuando la persona no quiere ver ni aceptar las dinámicas que muestra la constelación. Problemas de pareja o de falta de ella, de salud psíquica o física, laborales o de falta de realización personal pueden tener su origen en la red de relaciones familiares, por lo cual puede ser útil una constelación para ganar claridad.

ASENTIR A LA REALIDAD

Uno de los aspectos más difíciles de explicar es por qué los representantes de las constelaciones familiares sienten como las personas a las que representan. Aunque se ha constatado en múltiples ocasiones que esto sucede así, no hay una explicación completamente satisfactoria. Lo que sí parece claro es que información muy sustancial –incluso secretos celosamente guardados por la familia– se transmite de forma inconsciente entre el cliente y las personas que él ha elegido para que representen a sus allegados.

A veces, tras realizar un taller de este tipo los participantes suelen preguntar: «¿y ahora qué tengo que hacer?». Mi respuesta suele ser: «nada», ni siquiera hablar de ello con la familia y los amigos.

Una constelación suele ser como una semilla que se planta en el alma y es mejor dejar que vaya creciendo sin estar mirándola ni tocándola a ver cómo va. Hacer un poco de silencio interior y respetarse uno mismo y a su proceso suele ser la mejor opción.

Transcurrido un tiempo, quizá la persona se sienta más en paz con un asunto que durante años la había atormentado, tal vez mejore de alguna dolencia o constate cómo una relación enturbiada durante años parece aclararse. O quizá no pase nada de todo esto.

Pero, en último término, lo más difícil y heroico de este trabajo es ser capaces de asentir a la realidad tal como es, tal y como ha sido, con toda su carga y todo su dolor. Ese sí interno, el cese de la batalla por cambiar el pasado, porque las personas de nuestro entorno sean diferentes, porque lo que nos ha dolido tanto no haya sucedido… esa rendición, es con frecuencia un requisito para encontrar la paz.

FRASES PARA SENTIRSE EN PAZ

Según el caso, en las constelaciones familiares existen diversas frases sanadoras que pueden decirse internamente.

  • Ante una separación matrimonial o de pareja, para dar un buen lugar a la otra persona y quedar libre, se puede decir internamente: «Tomo todo lo que me has dado; puedes quedarte con lo que yo te he dado. Te devuelvo tu libertad. En nuestros hijos seguiremos vinculados».
  • Un hijo de padres separados puede mirar a sus padres y decirles: «Lo que sucede entre vosotros es asunto vuestro. Ambos sois mis padres y yo soy vuestro hijo: no puedo ni debo decidirme por ninguno».
  • Ante el destino trágico de un antepasado, para evitar cargar con culpas en vano, es posible inclinarse ante su imagen interna.
  • Si se ha sido víctima de malos tratos o abusos por un familiar u otra persona, puede ser útil mirar fijamente al representante del agresor y decirle: «Te dejo a ti la culpa y todas las consecuencias. Y yo quedo libre». Ya que la víctima a menudo se siente culpable de lo sucedido.
  • Los hijos que no terminan de asumir su lugar de adultos porque están implicados en dinámicas inconscientes con los padres pueden mirarles y decirles: «Gracias por la vida y por todo lo que me habéis dado. Es mucho y basta. El resto lo hago yo solo», antes de volverse y orientarse hacia su propia vida y su futuro.

Vínculo de apego

¿QUÉ ES EL APEGO?

El apego o conducta de apego es aquella que lleva a que una persona alcance o conserve la proximidad con respecto a otro individuo diferenciado y preferido, del que recibe seguridad y apoyo.

A lo largo de nuestro desarrollo, tendemos a estar o sentirnos próximos a esa figura, que encarna normalmente la madre (o el cuidador principal), papel que después, a lo largo de la vida, pueden desempeñar otras personas.

El resultado es el establecimiento de vínculos afectivos fundamentales, al principio entre el niño y el progenitor y, más tarde, entre adultos. Es un tema crucial para el desarrollo del niño y, en general, del individuo y de la especie.

John Bowlby (1907-1990), psicólogo, médico y psicoanalista británico, fue el iniciador de la perspectiva psicológica que luego se ha llamado “teoría del apego” o “psicología del apego”, considera cruciales esos vínculos iniciales. 

Bowlby pensaba que el apego o vinculación aparece cuando existe una “relación cálida, íntima y continua con la madre, en la cual madre e hijo encuentran satisfacción y placer”. Defendía que tener una figura de apego en la infancia, y a cualquier edad, es tan importante como satisfacer las necesidades básicas de mamar, dormir, conocer…¿Y por qué? porque cumplen una importante función biológica: la supervivencia del individuo y la especie.

Pero estas figuras no solamente proporcionan cuidados, seguridad y defensa, sino que se hallan en la base de todos los mecanismos mentales que guían nuestras expectativas y la planificación de la conducta: los generamos a partir de la interiorización de nuestras relaciones con la figura o figuras de apego fundamentales, generalmente la madre (y, cada vez con mayor importancia, del padre).

CÓMO AFECTA EL APEGO A LA PSIQUE

El apego es resistente al cambio: “madre no hay más que una” y “te quiero más que a mi madre” son dichos populares que atestiguan la tendencia a que esa primera relación permanezca como la más importante de la vida, el patrón y el punto de comparación con las demás.

Sin embargo, en la especie humana y, sobre todo, en los niños y adolescentes, hay un potencial continuo para el cambio, de forma que la vida de una persona es permeable tanto a la adversidad como a las influencias favorables.

En ese sentido, “aprendemos” a apegarnos de diversas formas, dando lugar a diferentes tipos de apego, desde seguro hasta inseguro (y con diferentes ejes, como veremos más adelante). a lo largo de la vida, tendemos a buscar una y otra vez la figura de apego o a sus representantes, reales o simbólicos (figuras maternas y figuras paternas).

Incluso en la vida adulta, cada nuevo disgusto o contrariedad tiende a aproximarnos a la familia, vale decir, a nuestras figuras de apego: queremos llorar o consolarnos con nuestra madre, nuestro padre, hermano mayor, tutor, entrenador…

Eso explica la tendencia de algunas personas a establecer ‘malas parejas’ o ‘malas relaciones’ repetidas: tiene mucho que ver con cómo vivimos la relación con nuestra figura de apego inicial.

¿Era una persona cálida, próxima, accesible? Sin darnos cuenta, es posible que busquemos en el futuro figuras de ese tipo. Ahora bien: ¿La madre o cuidadora principal era temerosa, asustadiza, llena de miedos? Probablemente generará en nosotros tendencias similares…

En cualquier caso, habrá una relación entre los vínculos establecidos con esa figura de apego y muchos de los rasgos de personalidad más profundos de esa niña o niño y ese adulto.

QUÉ PASA SI EL APEGO SE ROMPE EN LA INFANCIA

Una clasificación de los vínculos de apego los divide en apego seguro, apego ansioso, apego evitativo y apego disociado-desorganizado. Otra, entre apego seguro, preocupado, desestructurado y temeroso.

Como vemos, no existe una clasificación aceptada por todos, aunque en general se piensa que hay vinculaciones o apegos seguros, apegos ansiosos y apegos desestructurados: esto significa que, cuando el niño o el adulto pierde o teme perder la figura de apego, se pone excesivamente ansioso, lo que impide el desarrollo, la relación, la conservación del equilibrio.

Otros, ante la separación o la amenaza de separación, manifiestan conductas, emociones o pensamientos excesivamente desorganizados.

Hoy sabemos que lo que determina la conducta de apego a lo largo de la vida son las experiencias durante la díada primitiva (madre o cuidador principal-hijo) y con la triangulación originaria (madre-padre-niño con su identidad diferenciada) y sus sustitutos.

La dotación connatal del bebé, las formas de reaccionar con las que viene dotado por naturaleza, desempeñan también un papel sobre el que actúan de forma amplificadora o reductora las capacidades de contención de la figura de apego y de la familia.