Gana confianza, vence tus miedos

La confianza no viene del exterior. Se gana afrontando esos conflictos pasados, inconclusos, zanjándolos para no volver a tropezar con la misma piedra. 

La confianza hacia la vida depende de todo un proceso de construcción personal. Entendemos que confiar es “la esperanza firme que depositamos ante una determinada situación, persona u objeto”. E implica una predisposición a actuar de una forma particular en relación a aquello externo o hacia uno mismo. Cada una de estas formas en las que se manifiesta la confianza, parte de una actitud que se ha ido gestando poco a poco desde nuestra más tierna infancia.

¿CÓMO APRENDEMOS A CONFIAR?

La confianza no es un comportamiento innato, sino algo que vamos construyendo a lo largo de toda nuestra biografía. Es por medio de la interacción con nuestros primeros cuidadores, generalmente los padres, que desarrollamos la seguridad y confianza necesarias para enfrentarnos a la aventura de vivir.

La falta de confianza viene dada por depositar nuestra seguridad en lo externo, en lugar de buscarla en nosotros mismos.

Los estudios de John Bolwby pueden ayudarnos a entenderlo mejor. Bowlby investigó en profundidad el establecimiento de los primeros vínculos afectivos. La calidad de este vínculo influirá en nuestra predisposición a mostrarnos como seres confiados, aventureros y sociables.

La confianza en que merecemos ser queridos por los demás está íntimamente ligada al tipo de vinculación afectiva de los primeros años de vida. Estas experiencias tempranas producen lo que llamamos en psicología asuntos inconclusos, que son el resultado de situaciones pasadas o conflictos no resueltos. Algunas de estas experiencias pueden ser: el resentimiento, el amor no expresado, las situaciones no aceptadas, el rechazo.

¿CÓMO SUPERAR LA DESCONFIANZA?

Si no cerramos adecuadamente estas vivencias personales, la desconfianza puede emerger, impidiéndonos funcionar y relacionarnos bien en el presente. La seguridad no la encontraremos en el exterior, hay que buscarla en nosotros mismos.

Para poder cambiar esta situación es importante que exploremos cuáles son nuestros asuntos inconclusos. De lo contrario, correremos el riesgo de vivir el momento actual en función de los aprendizajes de nuestra infancia y repetir, por lo tanto, las consecuencias de nuestras acciones.

Revisar estas experiencias y zanjarlas posibilitará un cambio de actitud que nos permitirá evolucionar y no tropezar siempre con la misma piedra. Esto será posible solo si asumimos el reto de ensanchar nuestras fronteras personales.

En cierta ocasión, un paciente me comentó su miedo a confiarle a una mujer sus sentimientos. Para quedar con ella inventaba algo como que tenía una entrada sobrante para el cine. Así evitaba decirle que necesitaba verla. Creía que su problema era que no confiaba en “ella”, pero su conflicto era que no confiaba en su capacidad para afrontar un posible rechazo.

Pero es mejor ser rechazado por otros que no aceptarse a uno mismo. Es mejor ser valientes y afrontar nuestra existencia de cara. En eso consiste vivir, al fin y al cabo.

¡Quiérete más!

Muchas personas arrastran pensamientos negativos sobre ellas mismas desde su infancia. Sustituir estas ideas tóxicas por unas más realistas y saludables ayuda a subir su autoestima.

Durante la infancia, el cerebro de los niños crece y madura adaptándose al entorno en el que vive. Los aprendizajes que se refuerzan en estos primeros años, tienen un gran peso en el desarrollo de la personalidad y de la opinión que el niño elabora sobre sí mismo (autoconcepto). Muchos de los pensamientos negativos, que las personas conciben sobre sí mismas, aparecen, precisamente, en esta época tan temprana de sus vidas.

POR QUÉ CAMBIAR LOS PENSAMIENTOS NEGATIVOS

Pasados los años, si estos pensamientos negativos han sido arrastrados a la edad adulta, seguirán condicionando la vida de las personas manifestándose, entre otros síntomas, a través de una baja autoestima.

Estas ideas negativas sobre sí mismos, no necesariamente nacieron de frases dichas por los padres o etiquetas impuestas a los niños. Muchas veces, estos conceptos fueron creados por los propios niños basándose en sus experiencias o en sus interpretaciones erróneas (por su corta edad y por carecer de herramientas emocionales) de las situaciones vividas.

Puede que estas interpretaciones no correspondieran con la realidad, pero las asumieron como ciertas y terminaron convirtiéndose en su forma de percibirse en el mundo.

 

Por ejemplo, ante una separación de sus padres, un niño pudo sentirse responsable y pensar que discutían por su culpa. Si nadie le explicó lo que realmente estaba sucediendo y no le aclararon que estos problemas eran exclusivos de los adultos, la idea de su culpa arraigó en su mente y la arrastró hasta su edad adulta.

En este artículo, veremos cinco ejemplos comunes de este tipo de pensamientos negativos, originados en la infancia, que afectan a la autoestima del adulto. Y, como siempre hacemos en este blog, buscaremos otras ideas más sanas por las que sustituirlos.

1. NO VALGO NADA

Si un niño crece sin sentirse valorado, si no le prestan atención, si se esmera, de todas las formas posibles, por hacer felices a sus padres, pero ellos jamás le hacen caso, el mensaje que interioriza es que sus esfuerzos y acciones carecen de valor y que no es una persona digna o valiosa.

  • Sustituir por: «Soy una persona válida y valiosa.»

2. NO MEREZCO QUE ME QUIERAN

Esto le ocurre con frecuencia a personas a las que sus padres no les demostraron su cariño y su amor. Si nunca nadie les dijo a estos pequeños que les amaban, si nos les reconfortaron en sus momentos de tensión emocional, si siempre se sintieron solos, crecieron con un vacío en su interior que les decía que no merecían ser amados por nadie.

  • Sustituir por: «Me quiero a mí misma. Merezco todo el amor y el cariño del mundo.»

3. HAY ALGO MALO EN MÍ (Y POR ESO ME RECHAZAN)

Si los padres (o familiares) manifiestan una preferencia evidente por alguno de los hermanos, el otro hijo se siente siempre infravalorado. Al cabo del tiempo, comienza a pensar que todo lo que hace es malo y/o que había algo defectuoso en su personalidad.

  • Sustituir por: «No hay nada malo en mí, no me tengo que preocupar por agradar a nadie.»

4. NO LO LOGRARÉ, POR MUCHO QUE ME ESFUERCE

Cuando se compara a los hermanos (o primos) y se les obliga a competir por todo, siempre hay uno más mayor o más fuerte que consigue cumplir todos los objetivos antes que los demás. El mensaje que interiorizan los más pequeños es que, por mucho empeño que pongan, nunca van a conseguir nada.

  • Sustituir por: «Me centro en mí y valoro cada logro que alcanzo.»

5. ME MEREZCO TODO LO MALO QUE ME PASE

Escuchar continuamente frases como “Ya te lo dije” o “es que no me escuchas”, cada vez que el niño o la niña sufren algún accidente o percance, provoca que los pequeños crezcan con un catastrófico sentimiento de culpa e inutilidad.

  • Sustituir por: «Me merezco todo lo bueno que me pasa.»

Atentos al momento presente

Una mirada más atenta puede ayudar a descubrir que la mayoría de las veces no se necesita mucho más de lo que ya se tiene.

Disfrutar de las cosas sencillas del día a día es uno de los placeres que proporcionan mayor plenitud. No obstante, son muchas las razones por las que se puede perder la habilidad de verlas y valorarlas, como un ritmo de vida acelerado, el estar muy pendiente de los dispositivos electrónicos o la facilidad de la mente para idear planes futuros.

Es habitual proyectar alguna vez la propia felicidad en grandes sucesos que se supone que están por venir. «Seré feliz cuando consiga un trabajo mejor», «cuando encuentre una pareja», «cuando pueda irme de vacaciones», «cuando me mude a una casa más grande», se dice a menudo. Y, mientras se espera la llegada del anhelado momento que se cree que nos va a hacer felices, es fácil perderse la verdadera vida: la que tenemos delante, la nuestra, la de los pequeños momentos que construyen el día a día y que posibilitan sentirse pleno y vital.

Cualquier persona tiene la capacidad de ser feliz con independencia de cuáles sean sus circunstancias. Es más: la felicidad y la plenitud constituyen el estado natural del ser humano y están en la base de todo lo que hacemos, desde lo más cotidiano, sencillo y simple, hasta lo más extraordinario.

El problema surge cuando se condiciona el propio bienestar a situaciones, vivencias o estatus concretos que se cree que lo pueden proporcionar. Uno se pasa la vida buscando la felicidad fuera, vinculándola a unos resultados o a unas hipotéticas circunstancias futuras, o la condiciona al «qué dirán». Pero cuando consigue aquello que quería puede que tampoco se sienta feliz.

Sentirse bien depende solo de uno, de nada ni de nadie más. Y poderlo hacer radica en saber reconocer la grandeza de la vida en nuestro interior, y en las sencillas y pequeñas cosas de la vida.

NUESTRA HABILIDAD INNATA

Un rayo de sol, una tarde en buena compañía, un paseo, regar una planta, la sonrisa de un niño, la lectura de un libro, cocinar para amigos: cada una de estas vivencias, que se repiten una y otra vez, ofrecen una oportunidad de sentir esa grandeza, pero no siempre se sabe o se puede vivirlas así.

A veces se da por hecho que son cosas que ocurren y no se les da el valor que poseen. Se tienen delante, se participa en ellas, pero no se ven, o no se fluye con ellas. Probablemente la mente ande demasiado ocupada haciendo planes, pensando en qué pasará cuando se logre tal cosa o qué dejará de suceder si no se logra.

O puede que se esté estresado tratando de cumplir con una agenda sin resquicios o con una larga lista de tareas pendientes, o que algún dispositivo electrónico tenga cautiva la atención. Sea lo que sea, no se percibe lo que acontece y florece a nuestro alrededor, la belleza de cada momento, justamente lo que convierte la vida en algo maravilloso y único.

Nacemos con la capacidad de disfrutar de cada instante y vivirlo de manera especial. Si observamos a un niño, nos damos cuenta de que se maravilla con cualquier juego u objeto por muy sencillo o repetitivo que sea. No importa si lo ha experimentado una o cien veces, su atención está plenamente centrada en ese momento, y su capacidad de gozo es total. Entrega toda su atención, su energía y su amor a lo que experimenta, sin interpretar ni anticipar lo que vendrá después: simplemente, lo vive.

Sin embargo, a medida que el niño crece, empieza a creer que la felicidad es una consecuencia de las diferentes situaciones que vive, y entonces comienza a proyectar la felicidad en las cosas que cree que le van a brindar esa plenitud, cosas «grandes» e «importantes». Olvida que eso que tanto anhela ya está dentro de él, solo hace falta reconocerlo y vivirlo cada día.

DEL TENER AL SER

Uno de los grandes obstáculos que en el mundo actual impiden disfrutar de las cosas más simples es que se ha cimentado la felicidad en el «tener» en lugar de en el «ser». Creemos necesitar mucho más de lo que realmente se precisa. Nuestra cultura asocia el éxito a un estatus, a unos logros materiales y a un reconocimiento que llevan fácilmente a la comparación y al sufrimiento.

Si se tienen familiares, amigos o vecinos que han logrado esto o lo otro, se persigue algo parecido. Y, si no se logra, llega la frustración. Esto explica que, a pesar de que nunca antes en la historia habíamos atesorado tanta riqueza material, tampoco habíamos llegado a grados tan altos de insatisfacción personal.

Los niveles de ansiedad y estrés que se dan en la sociedad de hoy evidencian que algo falla en nuestro intento de ser felices. Todo apunta a que buscamos la felicidad en el lugar equivocado. Esta afirmación ha sido avalada en las últimas décadas por decenas de estudios tanto científicos como psicológicos.

¿Cómo se explica que los habitantes de las barriadas más pobres de Manila digan ser más felices que los de la multimillonaria Hong Kong, cuya renta per cápita media es veinte veces mayor? ¿O que personas con enfermedades crónicas puedan sentirse más plenas que personas sanas? ¿O que un millonario por un juego de azar al cabo de poco tiempo no se sienta mejor que el resto?

La respuesta es sencilla: se es feliz cuando se vive plenamente el presente, sin diferenciar entre pequeños y grandes placeres, entre cosas «buenas» o «malas», aceptando y disfrutando la vida tal y como viene. Que los habitantes de Filipinas, con un alto índice de pobreza y catástrofes naturales, según el Centro de Investigación y Epidemiología de Desastres, sean en general más felices que los de Hong Kong da que pensar. Confirma que, por mucho que uno tenga o acumule, no vive más feliz.

En este caso, los primeros viven al día, sin preocuparse por si un huracán sacudirá sus casas, con una extensa red de apoyo social y familiar, mientras que la presión laboral, la incomunicación, el estrés y la importancia que dan al futuro los segundos les impide disfrutar del momento presente.

Vivir entre un pasado que ya no existe y un futuro que únicamente se da en la mente no augura una vida feliz. Únicamente el presente, lo que uno es, dar afecto a quienes nos rodean y recibirlo, puede abrir las puertas del bienestar y la capacidad de disfrutar de lo cotidiano y lo sencillo.

Cuando se vive así el presente, con amor y sin condiciones, todas las situaciones se viven con las mismas ganas, disposición y gozo. No existen entonces diferencias entre comer un menú cocinado en casa o hacerlo en un restaurante con una estrella Michelin, entre unas vacaciones en un lugar exótico y otras en el lugar de residencia, entre una gran mansión o la propia casa.

Las barreras y etiquetas las pone la mente. La capacidad de disfrutar de una situación, por sencilla que sea, reside únicamente en uno mismo.

Nacemos con la capacidad de disfrutar de cada instante y de vivirlo de manera especial. Solo hay que ver a un niño jugar para darse cuenta.

CON ATENCIÓN Y SIN JUZGAR

Y ¿cómo se puede llegar a vivir de esta manera? Existen tres pautas que ayudan a lograrlo.

1. CONTEMPLAR LA GRANDEZA DE LAS PEQUEÑAS COSAS

La primera es tomar conciencia de que la grandeza, la plenitud y la felicidad están detrás de cada uno de nuestros actos, grandes o pequeños.

Contemplar un atardecer puede ser una experiencia conmovedora y única, y el atardecer es algo que ocurre cada día. Invitar a un amigo a tomar el té y charlar se puede convertir en algo reconfortante y enriquecedor que tenemos al alcance de la mano. Lo mismo que un paseo por algún rincón de la ciudad o en la naturaleza.

2. SER POSITIVO

La segunda premisa es mantener una actitud positiva, activa y de entrega hacia la vida y hacia quienes nos rodean. No importa si se habla de una persona a la que, según la propia mente, se tiene afecto o no, de una situación que a priori se juzga como negativa o algo en lo que se proyectan ganas e ilusión. Lo ideal es relacionarse y vivir cada situación con la misma entrega y energía.

Si se logra aplazar el juicio y entregarse sin restricciones, se puede vivir con plenitud cada momento, sin excusas ni filtros. Juzgar separa de los demás y del instante, pues impide ver su belleza intrínseca.

Puede ser difícil evitarlo, pues la mente juzga constantemente, pero tomar consciencia de que es así y relativizar cada juicio en el momento en que surge le resta poder sobre nosotros y ayuda a abrirse.

3. APRENDER A MEDITAR

Para ello es muy útil la tercera herramienta: cultivar la quietud y el silencio interior para aprender a escucharse y a vivir el presente con más conciencia. Técnicas milenarias como el yoga y la meditación llevan siglos mostrando la importancia de aprender a vivir el aquí y el ahora.

Practicar unos minutos de meditación diaria cambia completamente cómo se vive y se siente la propia vida. Proporciona tiempo y espacio para conectar con uno mismo, con las propias necesidades, con lo que se es en vez de con lo que se tiene o quiere.

Se trata, paradójicamente, de entrenar la mente para que se deshaga del ruido interno, de los filtros, y de volver a vivir como los niños, con más apertura, con más capacidad de entrega, amor, gozo y conciencia.

A pesar de que la meditación y el yoga son prácticas milenarias, en los últimos años han sido defendidas por numerosos psicólogos, científicos y expertos en desarrollo personal, que las han adaptado a nuestra realidad y cultura como herramientas para vivir con más plenitud.

El psicólogo húngaro Mihaly Csikszentmihalyi, padre de la psicología positiva junto a su colega Martin Seligman, bautizó el acto de estar presente con el nombre de flow (en inglés, flujo), que se refiere al estado de absorción total en el que entra una persona cuando se entrega de manera completa a cualquier actividad, por cotidiana que sea.

Cuando se fluye se tiene la sensación de que el tiempo vuela, y acción, pensamiento y emoción se suceden sin fisuras ni contradicciones. Seguramente se haya experimentado esa sensación bailando, practicando un hobby en la naturaleza o charlando con un amigo. «¡Cómo!, ¿ya han pasado dos horas?», uno se pregunta.

Y, sí, lo han hecho, pero se ha estado tan absorto en el presente que no se ha dado cabida a nada más, y se ha tenido la capacidad de disfrutarlo.

AGRADECIMIENTO POR LA VIDA

La misma idea expuso el profesor alemán Ekhart Tolle en su libro ‘El poder del ahora’. Tolle sufrió una depresión que le obligó a trabajarse interiormente y se dio cuenta de la importancia de tomar conciencia de cada momento para no perderse en pensamientos que desvían de la realidad y que provocan sufrimiento.

Lo mismo postula Jon Kabat-Zinn, quien ha desarrollado técnicas de mindfulness o atención plena para superar el estrés o abordar con serenidad las situaciones difíciles de la vida.

Se trata, en definitiva, de entrenar la mente para que aprenda a estar presente, porque es así como se descubre que en cada vivencia se oculta el misterio de la vida en toda su grandeza, y hasta en lo más aparentemente insignificante se encuentra sentido y un motivo para sentirse agradecido.

Amistades sólidas

Construir una amistad profunda y duradera no es algo que se haga de un día para otro. Se necesita tiempo, honestidad y 3 palabras mágicas.

Si queremos construir relaciones que nos aporten y perduren en el tiempo, estas son cinco claves que nos ayudarán a consolidarlas y hacerlas crecer:
 
1. Agradecer
 

Qué fácil decir a los demás lo que nos molesta. Y qué pocas veces les decimos lo que nos gusta. Porque lo damos por descontado. Damos por hecho que saben que valoramos todo lo bueno que tienen.

Un balance sano entre crítica y reconocimiento es fundamental, y agradecer es puro oxígeno para las relaciones.

2. Avanzarse

Si me importas, pienso en ti. Y si pienso en ti, se me ocurren cosas que te pueden ayudar. O que te pueden gustar. Antes de que me las pidas. Esta es la magia.

Avanzarse es un mensaje de potentísimo valor en una relación y que genera además el deseo en el otro de corresponder, creándose un círculo mágico.

3. Abordar cafés pendientes

Un café pendiente es una conversación que no hemos tenido, y que está allí. Muy presente. Por algo que ha ocurrido que nos ha sabido mal. O por algo positivo que no hemos agradecido.

Todas las relaciones tienen cafés pendientes. Estos cafés se generan de forma natural, y no son un problema. El problema es no tenerlos.

4. Estar presentes en la adversidad

Una de las cosas que más reconforta en momentos difíciles es verse acompañado de gente. Es un momento en el que sencillamente no podemos fallar. Si en algún momento no podemos esfumarnos es en la adversidad.

Reír juntos une, pero sobre todo une llorar juntos. Y en la adversidad, la palabra suele ser muy torpe. Acompañar con nuestra presencia suele ser lo más indicado.

5. Utilizar a menudo las palabras mágicas

Hay tres cosas que dan un vuelco a las relaciones:

  • pedir disculpas,
  • agradecer
  • perdonar.

Hay consecuentemente tres expresiones mágicas: Lo siento, gracias, no pasa nada. Cuando pedimos disculpas, casi siempre nos sobra la segunda parte de la frase. Cuando damos las gracias, hemos de evitar que suene a puro formulismo. Y cuando perdonamos, nos hemos de asegurar que no humillamos.

Este es un vocabulario básico para las buenas relaciones. Que nos confronta con nuestra seguridad personal (qué difícil es hacer alguna de estas tres cosas en la inseguridad) pero que tenemos que ejercitar y utilizar sin tregua ni restricciones.

Pequeños grandes placeres

Nuestro día a día está lleno de pequeños grandes placeres; pero muchas veces nos pasan inadvertidos. Saber saborearlos nos hará sentir que la vida vale la pena.

PSICOLOGÍA POSITIVA: EL ESTUDIO DEL GOCE

Hasta hace poco, los psicólogos habían estudiado mucho el dolor, pero muy poco el gozo. La psicología positiva propone investigar “lo que hace que la vida valga la pena”, en palabras de Christopher Peterson –uno de los fundadores de esta rama de la psicología–, y entre esas experiencias está el poder gozar de esta.

En francés, el término joie de vivre se refiere precisamente a esa capacidad para disfrutar la vida. Hoy en día, hay estudios que han encontrado que la capacidad de gozo es uno de los componentes más importantes de la felicidad.

Si te pidiera que hicieras un álbum con fotografías de algunos de los momentos más gozosos de tu vida, ¿cuáles elegirías?

  • Tal vez el día en que nació tu hijo, el de tu boda o cuando aprobaste el último examen y te graduaste.
  • Aquella fiesta sorpresa que te organizaron tus amigos cuando cumpliste 18 años o el homenaje que te dedicaron tus compañeros de trabajo el día de tu jubilación.
  • O puede que también escojas los pequeños placeres cotidianos, como el café humeante de cada mañana en el bar de la esquina, el paseo con los niños hasta la escuela o las reuniones para charlar con los amigos…

Cada uno de nosotros tiene sus propios gozos, pero, al mismo tiempo, estos tienen elementos comunes.

¿QUÉ CARACTERIZA LAS EXPERIENCIAS PLACENTERAS?

Barbara Fredrickson, una de las investigadoras más importantes en el campo de las emociones positivas, ha detectado que las personas sentimos placer:

  • Cuando nos encontramos en un ambiente conocido y seguro,
  • cuando las cosas van bien,
  • y cuando la situación requiere poco esfuerzo de nuestra parte en ese preciso momento.

Barbara Fredrickson describe de la siguiente manera la sensación de gozo: “El gozo se siente brillante y ligero. Los colores parecen más vivos. Das un salto con cada paso. Tu cara se ilumina con una sonrisa y un brillo interno. Te dan ganas de absorberlo todo, de jugar, de tirarte de cabeza y de involucrarte con el mundo”.

¿SE PUEDE APRENDER A DISFRUTAR DE LA VIDA?

Hay gente que parece disfrutar de manera natural, pero ¿se puede aprender a gozar más de la vida? Sí, es la respuesta avalada por investigaciones de Fredrickson y sus colaboradores. Ellos han encontrado que un aspecto importante del gozo tiene que ver con la autoestima, con creer que nos merecemos disfrutar de las cosas buenas.

Otra faceta importante del placer y una manera de gozar más es aprender a sa-bo-re-ar, a poner atención y tomarnos tiempo para apreciar cada aspecto placentero de las cosas: el olor, la textura y el sabor de un guiso; el aroma y el color de una flor; la melodía y la armonía de una canción, el timbre de voz del cantante…

El saborear nos permite disfrutar nuestras experiencias más intensamente y durante más tiempo.

Hay un refrán en inglés que dice que hay que “parar para oler las rosas”. Justamente, no dejarnos dominar por la prisa y detenernos para percibir de manera más consciente lo que tenemos a nuestro alrededor es el camino para saborear más.

EL CAMBIO ES ALIADO DEL DISFRUTE

Para saborear más, a veces tenemos que cambiar nuestras circunstancias. Por ejemplo, podemos disfrutar más de la compañía de la familia si decidimos apagar el televisor y no contestar al teléfono durante la cena, o podemos maximizar el disfrute de la conversación con un amigo si hablamos mientras damos una vuelta por un parque. Cuando nos vamos de vacaciones, el cambio de contexto es total y esa puede ser una de las razones por las que solemos disfrutar tanto cuando viajamos.

Entonces, ¿cómo podemos disfrutar de nuestra vida diaria como si estuviéramos de vacaciones? Una de las claves puede estar en la atención que ponemos a las cosas. Tendemos a no hacer mucho caso a lo “conocido”, a darlo por hecho, mientras que lo novedoso nos provoca curiosidad y apertura a las experiencias. Si podemos ver lo normal con curiosidad y atención, seguramente lo disfrutaremos más.

El terapeuta australiano Michael White usaba una frase muy bonita, tomada del sociólogo francés Pierre Bourdieu, para explicárnoslo: “Hacer exótico lo doméstico”.

Sabemos que las personas somos “animales sociales” y lo somos también en lo que respecta al disfrutar: cuando compartimos las experiencias placenteras y las buenas noticias, cuando celebramos juntos, multiplicamos nuestro gozo.

Así que una de las maneras más sencillas para disfrutar más de la vida es compartir nuestras experiencias con otras personas. Esto tiene la ventaja de que, cuando contamos a los demás un momento placentero de nuestra vida, lo volvemos a vivir un poco y, así, prolongamos sus efectos positivos, además de que nos acerca a las personas con las que lo compartimos y se fortalece nuestra relación.

ENCUENTRA TU RESPUESTA: ¿QUÉ TE HACE A TI GOZAR?

A continuación te ofrezco un ejercicio muy útil para identificar los momentos de placer, que consiste en responder un cuestionario creado por Barbara Fredrickson:

  • ¿Cuándo fue la última vez que sentí gozo?
  • ¿Dónde estaba?
  • ¿Qué estaba haciendo?
  • ¿Con quién estaba?
  • ¿Qué otra cosa me provoca ese sentimiento?
  • ¿Puedo pensar en más cosas todavía que me hagan sentir gozo?
  • ¿Qué puedo hacer actualmente para cultivar el gozo en mi vida?

Te invito a identificar al menos una cosa que puedas hacer para gozar un poco más y a ponerla en práctica hoy mismo.

Escribir para sanar

Escribir es una vía para expresar nuestros deseos más profundos y para poder alcanzarlos. Al escribir lo que sentimos ponemos nombre a nuestros miedos, los reconocemos y nos enfrentamos a ellos; expresamos inquietudes, plasmamos nuestras contradicciones y, a través de las palabras, nos resulta más fácil esclarecerlas.

La escritura terapéutica consiste en escribir para nosotros mismos. ¿Para qué? “Escribimos para quitarnos imágenes dolorosas. Para asentar un hecho extraordinario. Para plantear un problema. Para aceptar la ruptura de lo perfecto o de lo que uno cree perfecto. Para atravesar un túnel. Para trascender…” , afirma la pionera de este enfoque, Silvia Adela Kohan, en el libro La escritura terapéutica.

Y es que al escribir ponemos nombre a nuestros miedos, lo cual nos permite reconocerlos, diseccionarlos y enfrentarnos a ellos. Plasmamos nuestras contradicciones, y así tenemos la oportunidad de esclarecerlas. Damos expresión a nuestros deseos y anhelos más profundos, cosa que nos facilita encontrar una manera de alcanzarlos. Grandes genios de todas las disciplinas han escrito en un papel o un cuaderno aquel problema que no podían resolver, y ese sencillo acto ha activado la creatividad que, tras un tiempo de maduración, ha hecho emerger la respuesta.

¿POR QUÉ ESCRIBIR RESULTA TAN SANADOR?

La mente es una centrifugadora de ideas que funciona a toda velocidad. Algunos investigadores han calculado que podemos albergar hasta 60.000 pensamientos diarios, y muchos de ellos se confunden en una amalgama de ideas, sensaciones y emociones que bullen en nuestro interior como un enjambre de abejas enfurecidas.

Cuando nos ponemos a escribir, es imposible plasmar todo eso en el papel o el archivo de texto, porque la mente va mucho más rápida que la mano –o las manos, si escribimos a ordenador–, y ahí reside la magia. Esa diferencia de velocidades es la que hace que debamos elegir la información esencial y descartar todo el resto. “Escribir es cribar”, afirma el autor y conferenciante Álex Rovira.

Si escribes sobre la relación con tu padre, por ejemplo, del sinfín de experiencias que habéis compartido, del tapiz de complejos sentimientos que dan forma al mapa de vuestra relación, vas a tener que tirar de un solo hilo. Y así, llevando el pensamiento –y el corazón– a lo esencial, acabarás encontrando el camino en medio del bosque.

No lo escribimos todo: elegimos lo trascendental. Esa es la magia.
 

Muchas personas necesitan escribir lo que sienten para entenderse. Y, además, la alquimia de la escritura les permite asimilar experiencias duras e incluso sanar trastornos. Cuenta Silvia Adela Kohan en su ensayo que escribiendo Funes el memorioso, Borges superó su insomnio y que Isabel Allende alivió su dolor por la muerte de su hija al escribir Paula.

CÓMO APROVECHAR EL PODER SANADOR DE LA ESCRITURA

El papel –o la hoja del procesador de textos– es una pista de despegue, un terreno fértil que cultivar donde tal vez al principio no crezca nada, pero con el tiempo brotan los frutos más dulces. A medida que practicamos la escritura, esta herramienta se vuelve más poderosa y transformadora, como apunta la novelista de fantasía Jane Yolen: “Ejercita los músculos de la escritura cada día, aunque solo sea una carta, unas notas sueltas (…) o una entrada en tu diario. Los escritores son como bailarines, como atletas. Sin ese ejercicio, los músculos se contraen.”

Si has decidido ejercitar los músculos de la escritura, los consejos que siguen te ayudarán a que la experiencia sea altamente terapéutica:

  • 1. No te juzgues mientras escribes. No debes caer en la tentación de corregir o rescribir lo que estás plasmando. Sería un freno pararte a sacar conclusiones en medio de la escritura. Su poder terapéutico está en “soltar” lo que llevas dentro sin censuras, abrir las compuertas del pantano interior. En el futuro, cuando lo leas de nuevo, ya podrás sacar tus conclusiones.
  • 2. Sé valiente. No hay tema que sea tabú ni que haya que apartar en la escritura terapéutica, ya que si está llamando a las puertas de tu atención es justamente porque debes prestarle atención. Silvia Adela Kohan dice que: “Para escribir no se puede ser cobarde”. Escribimos para descubrir lo que late en lo más profundo de nosotros, para contarnos lo que no nos atrevemos a expresar de otro modo.
  • 3. Busca tu propia voz. Lo que hayan escrito otros puede ser una inspiración, pero no un camino a seguir. Cada persona tiene su propia forma de expresarse y la función de la escritura creativa es descubrirlo. Algunas personas prefieren las frases cortas, porque les permiten sintetizar lo que piensan. Otras se exploran mediante largos circunloquios. Todos los caminos son válidos.
  • 4. Hazte preguntas directas. Si no sabes de qué escribir, pero quieres ejercitar estos músculos, hacerte preguntas personales directas puede llevarte a importantes descubrimientos. Algunos ejemplos: ¿Qué me da miedo en este punto de mi vida y por qué? ¿Cuál es la existencia que me gustaría estar viviendo, en lugar de la que ahora tengo? ¿Qué cosas importantes estoy dejando de hacer por atender a lo urgente?
  • 5. Escríbete una carta. Mario Reyes propone el ejercicio de redactar un resumen biográfico vital, como si ya hubiéramos muerto y una persona externa recordara lo mejor de nosotros. Porque esta es la cuestión: ¿cómo te gustaría ser recordado?, ¿qué te queda por hacer para que tu vida pueda ser contada de este modo? “La buena noticia”, comenta este coach nacido en Uruguay al terminar el ejercicio, “es que estás vivo: puedes hacerlo”.
  • 6. Con el tiempo, relee tus escritos. Resulta esclarecedor revisitar un texto personal pasado un tiempo, ya que revela qué avances hemos logrado y qué supuestos problemas dejaron de existir sin tener que hacer nada especial. Echar una ojeada a nuestros viejos escritos nos da la mirada de un arqueólogo que interpreta el pasado. Comprender de dónde vienes te ayuda a darte cuenta de dónde estás ahora para decidir qué hacer con el resto de tu vida.

 

Cuida tus relaciones

Comunicación, generosidad, equilibrio y distancia, cuando sea necesario. Suena a tópico, pero estas son tres de las actitudes necesarias para llevarnos bien con nuestros amigos… y nuestra pareja.

1. CUÍDALAS, TODOS LAS NECESITAMOS

Lo primero que vale la pena que tengas en cuenta es que somos animales sociales, necesitamos el contacto con otras personas. Estar solos y aislados no nos sienta bien.

Para tener una buena vida, y en parte una buena salud, es necesario tener buenas relaciones con los demás, no estar todo el tiempo en lucha y en tensión. Los humanos estamos preparados para vincularnos con los demás, el amor nos ayuda, nos llena de sensaciones agradables.

En cambio, cuando perdemos a un ser querido, sea por separación o muerte, entramos en un proceso de dolor y tristeza, que son emociones duras y difíciles de atravesar.

2. COMPENSA LOS DESEQUILIBRIOS

Para que una relación sea fluida y funcione es importante tener la percepción de qué aporta cada persona: lo que dan ambas partes tendría que estar equilibrado. El dar y el tomar tienen que ser equitativos en las relaciones entre iguales porque, tanto si uno da demasiado como si el otro no da nada, pueden romperse.

El desequilibrio se puede dar cuando uno de los miembros de una pareja aporta más trabajo o dinero que el otro, o cuando uno aporta hijos de otra relación.

Como es muy difícil tener este equilibrio de entrada, habrá que buscar maneras de compensarlo. El primer mecanismo de compensación es el agradecimiento. Después se pueden buscar otras maneras de conseguirlo.

3. EXPRÉSATE, PERO ESCUCHA AL OTRO

Una de las claves en las que se apoyan las buenas relaciones es poder explicar al otro lo que deseas y cómo te gustaría que fuera vuestra vida juntos (o vuestra amistad). No des por supuesto que él o ella ya lo sabe o que lo tendría que saber; es importante que expreses tus emociones y compartas también tus pensamientos y anhelos.

Y todavía es más importante que escuches lo que el otro tiene que decir sobre cómo le gustaría que fueran las cosas. Desde ahí se puede construir una relación basada en el respeto mutuo y que responda a las necesidades de cada uno.

4. NO SUFRAS, NO ES NADA PERSONAL

Todos tenemos heridas de la infancia y mecanismos neuróticos para no sentirlas, todos aprendimos a reaccionar según el ambiente en el que crecimos. Por tanto, nos comportamos como sabemos y no como queremos, y normalmente de una manera bastante estereotipada.

Para la terapia Gestalt, la neurosis consiste en no poder salir de un comportamiento determinado y olvidarnos de que somos mucho más, que podemos hacer las cosas de una manera diferente. Cuando entramos en relación con los demás, se ponen en marcha estos aprendizajes independientemente del amor que exista en la relación.

Nada de lo que hacen los demás es personal, por eso es importante que no te lo tomes como una afrenta hacia ti. Es solo una manera de estar en el mundo y de relacionarse con él.

5. ELIGE CON QUIÉN QUIERES ESTAR

En la base de toda relación está el amor, aunque algunas veces parece que está disfrazado o, incluso, ausente. En los casos en los que puedas escoger, como las parejas y los amigos, busca las relaciones que te hacen feliz, no te quedes pegado a aquellas que te dañan o te cuestan mucho esfuerzo.

No es verdad que el crecimiento venga siempre de la mano del dolor y la dificultad.

Para ello es necesario poder dejar las relaciones cuando no te interesan y sostener la soledad en algunos momentos. En el mundo hay mucha gente y seguro que puedes encontrar a personas con las que compartir buenos momentos y ser feliz a su lado.

6. QUIEN NO TE GUSTA… TE AYUDA

Cuando no soportes a alguien o sientas mucho enfado con él o ella, pregúntate qué parte de esa persona en concreto es la que no te gusta. Cuando lo hayas averiguado, mira cómo está dentro de ti este aspecto que tanto te molesta.

Lo más probable es que el otro se esté permitiendo algo que tú no te permites a causa de tus creencias.

 

¿Qué esperan los demás de mí?

Una realidad constante en nuestra vida son las expectativas que los demás tienen hacia nosotros, lo que esperan que nosotros hagamos o seamos. En realidad, todos tenemos expectativas y las usamos como medio de plantearnos objetivos y las padecemos cuando nos  condicionan constantemente en nuestras relaciones con los demás.

Tienen que ver con las personas significativas para nosotros, los padres, la pareja los hijos e hijas, los amigos, etc. Los que queremos y nos quieren tienen unas expectativas, esperan algo de nosotros y muchas veces no se hacen conscientes estas expectativas pero somos constantemente condicionados por ellas, en ocasiones pueden ser apoyos pero en muchos otros son lastres que nos pueden amargar la vida.

Sepamos y aprendamos que en realidad las expectativas que los demás ponen en nosotros nada tienen que ver con lo esencial de nuestra personalidad, ni con nuestra vida como proyecto, en realidad tienen que ver con las metas de los otros, con sus deseos y compensaciones. Muchos padres quieren que sus hijos estudien no porque crean que es lo mejor para ellos sino porque quieren que hagan lo que su padre no puedo hacer.

Por ejemplo, cuando nacemos, venimos al mundo con una carga de expectativas tremenda, aunque nuestra familia no es consciente pero, todos esperan al recién nacido con una lista de demandas como pueden ser que sea de determinado sexo, que sobresalga en determinado deporte, que se parezca a fulanito, que no vaya a ser como menganito, que valore lo que nos ha costado que nazca, que ayude a mejorar la relación de pareja de los padres, que cumpla los anhelos de los abuelos que no cumplió el padre, etc. Creo que  podemos hacer un ejercicio de todas las expectativas que nuestra venida al mundo trajo consigo y nos quedaremos cortos.

Posteriormente en la vida diaria, seguimos arrastrando esta dependencia de las expectativas que tienen los demás de nosotros, la pregunta es que pasa si nos atrevemos a enfrentarlas a averiguar qué es exactamente lo que los demás esperan de nosotros, tal vez podríamos llevarnos más de una sorpresa.

¿Sabes lo que los demás esperan de ti? Si no se lo preguntas, si ellos no te lo dicen, nunca lo vas a saber. Pregunta, ¿Qué quieres de mí?. Tu pareja, tus hijos, tus compañeros de trabajo, tus padres, tus amigos, ¿sabes cuáles son las metas de los demás? Pregúntales cuáles son sus aspiraciones, sus objetivos, sus deseos, sus anhelos, sus sueños… ¿Cuáles son las esperanzas de las personas que te rodean?.
¿Saben los demás lo que tú esperas de ellos? Si no se lo dices, aunque te quieran mucho, aunque te admiren, aunque te aprecien por tu trabajo, ellos no lo van a saber. Si no lo dices, nunca se van a enterar de tus necesidades. Pide, aunque te digan que no.
¿Saben los demás cuáles son tus metas? Las personas que tienes alrededor,  ¿saben cuáles son tus expectativas, tus ilusiones, lo que quieres conseguir?
¿Cómo sabes que lo saben? ¿Cómo sabes que lo sabes? Solo hay una manera: hablando.

Aprendiendo a estar sol@

Una relación de pareja sana no se construye sobre la dependencia y las medias naranjas. Solo si estemos preparados para estar solos encontraremos la pareja adecuada.

Nos deja nuestra pareja y parece que el mundo se derrumba. O sentimos que sin ella todo pierde sentido o que se nos van las fuerzas. Necesitamos su apoyo, sus ánimos, sus halagos…

CONSTRUIR NUESTRA AUTOESTIMA MÁS ALLÁ DE NUESTRA PAREJA

Pero no es así, no somos seres incompletos, no somos medias naranjas buscando la otra mitad para sentirnos plenos. De hecho, la idea es sentirse entero y completo. Y sí, podemos rodar por la vida al lado de alguien pero que también sea completo y especial. Aquí tienes 6 claves para lograrlo.

1. ALGO NO ESTÁ BIEN

El primer paso es darnos cuenta de que hay aspectos de nuestras relaciones que no son sanos o que no nos hacen sentir bien.

¿Terminas una relación y, seguidamente, empiezas otra por no estar solo/a? ¿Tu pareja te dice que va a cambiar, pero nunca lo hace y, a pesar de eso, sigues con ella? ¿Sientes miedo y angustia ante la idea de que te dejen? Estos son algunos detalles que indican que hay algún tipo de dependencia en las relaciones que estableces con los demás.

2. CONECTAR CON NUESTRO NIÑO PARA SANARLE

Mirarnos, comprendernos, abrazarnos, hablarnos, aceptarnos incondicionalmente. Solo lograremos liberarnos de los efectos de todas nuestras carencias cuando nos demos cuenta de que únicamente nosotros podemos llenar ese profundo vacío interno que hace que nos sintamos así de incompletos.

Nuestra parte adulta es la única que puede ahora compensar todos los cuidados, las atenciones y reconocimientos que no pudo obtener en su momento. Solo nosotros mismos podemos llegar a sanar este niño herido que perdura en nuestro interior.

3. PAPÁ Y MAMÁ NO VAN A CUBRIR ESE VACÍO

Quizá esta sea la parte más dura de todo el proceso de sanación. Nos toca aceptar que papá y mamá no van a cumplir este papel y que además, raramente, recibiremos su apoyo. Seguir esperando ahora que papá o mamá, proyectados en nuestra pareja, nos hagan caso es alimentar una vana esperanza que jamás se cumplirá.

Este es un duelo que tenemos que atravesar, resulta muy duro, pero nos va a ayudar a madurar y a mirar la vida desde una nueva perspectiva.

4. NUESTRO VACÍO VIENE DE NUESTRA INFANCIA

Entender de dónde procede nuestro malestar es un paso necesario para empezar a cambiar. Cuando somos pequeños, nos adaptamos a la situación que vivimos en nuestro hogar para tratar de ser lo más felices posible o, al menos, para amortiguar los daños que nos amenazaban.

Ante esto, algunas personas acaban convirtiéndose en excesivamente responsables, otras se acostumbran a no protestar para que no se enfaden con ellas los demás, otras prefieren dejar que sean los otros los que acaben resolviendo sus problemas… Todos estos patrones de comportamiento, que intervienen en las relaciones que establecemos con las demás personas, si no los cambiamos, los iremos repitiendo toda nuestra vida, incluso de adultos, especialmente con nuestras parejas.

5. DESARROLLAR LA PARTE QUE QUEDÓ ESTANCADA

Empezar a escuchar a nuestra intuición. Darle voz a nuestro yo individual. Escuchar lo que le gusta y lo que no, con quién quiere estar y con quién no. No se trata de que la intuición predomine sobre lo racional, sino de que haya un equilibrio y un sano diálogo entre ambas partes.

Si conectamos con nuestra intuición, con nuestro verdadero ser, podremos reforzar nuestra autoestima y tomar las riendas de nuestras vidas para liberarnos de los viejos prejuicios. Aunque en este mundo nuestro, lo racional parezca que siempre tiene que estar por encima, al darle valor a todo aquello que emerge en nosotros de forma genuina, nos acercamos mucho más a una vida completa y plena.

6. ESTABLECER UNA RELACIÓN SANA

Aunque parezca contradictorio, solo cuando estemos preparados para estar solos podremos encontrar una pareja adecuada con la que tener una relación sana y equilibrada y libre de condicionamientos negativos. Cuando sanemos profundamente, nos atraerán otras personas.

 

 

Acompañando: convivir con adolescentes

La adolescencia es una fase conflictiva. Los vertiginosos cambios físicos y psíquicos hacen que padres e hijos se sientan muy perdidos. La comunicación fluida ayuda mucho, pero a veces la paciencia es la mejor herramienta. 

Niños que pasan a ser adultos. ¿Es posible convivir y acompañar a los adolescentes en esta etapa tan exigente de sus vidas?.

CONSEJOS PARA RECONECTAR CON TU HIJO

Todo tiene su lado positivo. Te ofrecemos unos consejos útiles para sobrellevar esta etapa.

1. INTENTA VER SUS CUALIDADES

Busca el lado bueno, siempre lo hay. Seguro que tu hijo hace muchas cosas bien a lo largo del día, e incluso las que hace mal no las hace todo el rato.

En vez de convertirte en el típico padre o madre cascarrabias, rumiando continuos reproches (“¡Cuántas veces tengo que decirte…!”, “¡Mira que me tienes harta con tus…!”, “ Y a eso le llamas tú…”, “Este fin de semana olvídate de…”), esfuérzate por buscar cosas positivas, recordarlas, nombrarlas en voz alta.

2. CAMBIA DE PUNTO DE VISTA

Descubrirás que incluso algunas cosas que te parecían mal se pueden interpretar de otra manera. Piensa en esta frase como ejemplo: “Otra vez lo has dejado todo para la última hora, ¿crees que harás en una noche lo que no has hecho en todo el trimestre?”

Ahora compárala con esta otra: “Ayer te quedaste estudiando hasta muy tarde, veo que este trimestre te lo tomas en serio”. O bien “te pasas el día de cháchara con los amigos, más te valdría hacer algo útil” frente a “tus amigos te quieren mucho, siempre te llaman”.

3. HABLA BIEN DE TU HIJO

Los trapos sucios se lavan en casa. Los padres caemos con demasiada facilidad en la pequeña venganza de reunirnos con otros padres para poner verdes a nuestros hijos: “Si te cuento cómo tiene la habitación…”, “Y el tío, encima, va y me pide dinero para un disco…” Intenta evitarlo. ¿Qué pensarán los demás de tu hijo si hasta sus propios padres lo critican? ¿Te gustaría que tu hijo fuera contando todo lo que sabe de ti?

4. RECUERDA TU ADOLESCENCIA

Haz memoria. ¿A que también discutiste alguna vez con tus padres? ¡Y más de una! Intenta recordar qué sentías, por qué dijiste lo que dijiste y por qué hiciste lo que hiciste. Intenta imaginar qué sentían tus padres, por qué dijeron lo que dijeron (¡seguro que ahora te resulta más fácil!).

¿Todavía estás convencido de que tenías la razón, toda la razón, y de que tus padres eran unos retrógrados y autoritarios? Pues a lo mejor es eso lo que piensa ahora tu hijo.

5. DALE TIEMPO

Y a lo mejor también tiene razón (¿o también se equivoca?) ¿O, tal vez, con la perspectiva que dan los años y la experiencia, comprendes ahora que tus padres también tenían parte de razón, que tuvieron que (o que, honradamente, creyeron que tenían que) hacer lo que hicieron, que tú tampoco se lo pusiste fácil?

Pide ahora disculpas a tus padres y deja de esperar que tu hijo comprenda en dos días lo que tú has tardado veinte años en descubrir.

6. PIENSA QUÉ ES LO IMPORTANTE

Reserva tu autoridad para los problemas serios. ¿Qué más da que se tiña el pelo de verde o de rojo? Si saca buenas notas, ¿qué importa que estudie delante de la tele o mientras oye música?

Evita todos los conflictos que puedas evitar, transige en todo lo que se pueda transigir… y no temas ejercer tu autoridad cuando sea realmente necesario, cuando haya que cortar de raíz algún peligro.

Si no has desperdiciado tu autoridad prohibiendo mil tonterías, es más fácil que te obedezcan en lo que realmente importa.

7. MANTÉN LA CALMA

Antes de decir o hacer una tontería, cuenta hasta diez, hasta cien, hasta un millón. Y, al final, mejor que no digas nada. Las palabras pronunciadas ya no se pueden recoger después.

Repite como una letanía, o un mantra: “Él no es así”, “son las hormonas”, “se le pasará”, “él no es así”, “son las hormonas”…

8. RECUERDA QUE TE QUIERE

Tal vez lleva un tiempo en que casi no lo demuestra, en que rehuye los besos y abrazos. Pero te quiere igual; y si sabes estar atento, lo notarás.

Un padre que conozco repite con orgullo las palabras de su hija de quince años: “Dicen mis amigas que qué suerte tengo, porque les he dicho que no me castigáis nunca”. “Momentos así”, dice mi amigo, “dan sentido a una vida”.

PARA SABER MÁS

Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen (Ediciones Médici), de Adele Faber y Elaine Mazlish, es uno de esos libros que a todos los padres les convendría leer.